Tienen razón patrones y líderes sindicales cuando aseguran que la Región Sureste de Coahuila goza actualmente de una estabilidad laboral envidiable; sin conflictos laborales de consideración o problemas de huelgas en los últimos años.
Qué excelente condición para la atracción de nuevas inversiones. Pero no siempre fue así. La vía de la paz laboral, vigente hasta nuestros días, se construyó sobre un camino accidentado, agrietado por el movimiento obrero acaecido en Saltillo en 1974. Más de 6 mil trabajadores del Grupo Industrial Saltillo (GIS), de las plantas CINSA y CIFUNSA, protagonizaron una de las huelgas más importantes que se recuerden en Coahuila y en México.
Hace 42 años, precisamente en el mes de abril, trabajadores, apoyados por estudiantes, líderes religiosos, maestros y campesinos, salieron a las calles de una ciudad que no rebasaba los 200 mil habitantes, para exigir mejores condiciones de trabajo, incluyendo un incremento del 40 por ciento en sus percepciones.
Historias hay muchas. ¿Anécdotas? Inagotables. ¿Leyendas? Diversas e interesantemente contradictorias entre sí. ¿Versiones? Las de rigor, ganadores y resignados.
Una de ellas, una de esas historias y versiones con verdadero conocimiento de causa, literalmente vivida, que llamó poderosamente mi atención, es la expuesta por uno de los protagonistas de aquel movimiento, Salvador Alcázar. Salvador tuvo la amabilidad de obsequiarme recientemente un interesantísimo libro de su autoría, “Vientos de Cambio”, publicado en 2014.
Salvador Alcázar, con apenas unos meses como trabajador de CIFUNSA, a los 23 años de edad se convirtió en el líder más visible de aquel movimiento obrero. “Su capacidad para hablar en el micrófono, lo llevó a convertirse en el caudillo de la causa”, dice la activista social Nelly Herrera.
En su madurez, y con la sensatez que otorgan los años, sin ocultar sus sentimientos y su pasión por las luchas obreras, Alcázar narra en “Vientos de Cambio”, la génesis, el desarrollo y la conclusión de lo que él identifica como “la huelga más importante en los últimos 70 años en México”.
El autor tiene la valentía de incluir en el libro los testimonios de todas las partes involucradas, patrones, trabajadores, líderes sociales e incluso de aquellos a los que él se refiere como “esquiroles”. El común denominador, de las distintas versiones, es que dicho movimiento, con sus posibles contradicciones, trajo un gran aprendizaje, para trabajadores y patrones, tanto que sin ese importante movimiento no se lograría entender la estabilidad laboral de la que disfruta la Región Sureste hoy en día.
En 1974 la mancha urbana de Saltillo se agotaba en la zona conocida como El Ojo de Agua. Gobernaba en el estado, Eulalio Gutiérrez Treviño; en la capital, Luis Horacio Salinas Aguilera. En aquella época, las opciones de empleo industrial eran reducidas, muchos de los demandantes de empleo provenían del las áreas rurales del estado. Las empresas del GIS acumulaban la gran mayoría de la oferta laboral. No fue hasta 1979 cuando el entonces gobernador Oscar Flores Tapia promovió la instalación de importantes plantas automotrices, que terminaron restando al predominio del GIS, al multiplicar las opciones productivas. La competencia por retener a los mejores trabajadores trajo consigo cierta presión para que el GIS mejorara las condiciones y salarios que ofrecía a sus trabajadores.
No obstante, la huelga de 1974 fue un ‘parteaguas’ que marcó el rumbo de una de las zonas industriales más productivas y emblemáticas del país: el corredor industrial Saltillo-Ramos Arizpe.
Cabría preguntarse, y preguntarle a Salvador Alcázar, si a la distancia se ha cristalizado el sueño de aquel líder sindical de 23 años de edad: “lograr que todos los trabajadores se conviertan en líderes, y no sólo en seguidores de un reducido grupo de notables”.
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