Recibí valiosos e interesantes comentarios respecto al artículo publicado la semana pasada titulado López Obrador, entre el mito y la claridez. Los agradezco sinceramente. Y con ellos celebro advertir que los debates izquierda vs derecha o izquierda moderada vs izquierda radical crecen en México; Coahuila no es la excepción. Discutir al país desde dos ópticas diferentes, permitirnos explorar la eventualidad de que la izquierda tenga éxito allí donde los demás han fracasado, plantearnos la disyuntiva entre un ruptura con el sistema o una recapitulación de las políticas neoliberales de los últimos sexenios, nos presenta una extraordinaria posibilidad para que en el proceso electoral de 2018 dejemos por un momento las discusiones inocentes −al estilo Coahuila−, respecto a cuál de los candidatos o candidatas luce el reloj más costoso, para dar paso a diferendos más relevantes y significativos para el país: ¿debemos continuar por el camino de las reformas estructurales? ¿Es posible reducir la pobreza al mismo tiempo que mantener la estabilidad macroeconómica? ¿Corresponde a la política social ubicarse al centro de la estrategia económica del próximo gobierno? ¿Qué es más importante para el país, “complacer a los mercados” o retomar la agenda del Estado de Bienestar olvidada hace décadas?
Si este debate se convierte en el tema central de las próximas elecciones, debido al activismo y al liderazgo que ocupa en las encuestas López Obrador, puede no ser tan significativo como el hecho de que en la próxima elección votaremos para elegir futuro. Si gracias al tabasqueño estamos desempolvando ese viejo cotejo respecto a la efectividad de los instrumentos de política pública de izquierda en comparación con los de la derecha, y si el crecimiento en las preferencias de Morena está provocando que en varios hogares se retome la pregunta que durante años se ocultó en el saco de los mal llamados “idealistas trasnochados: “¿acaso los políticos de ahora no saben hacer otra cosa que liberalismo? Entonces, bienvenida la discusión.
Pero más allá de la inextinguible bronca entre derecha e izquierda, lo que animó a algunos lectores para compartir sus opiniones sobre el artículo publicado la semana pasada, fue la idea de que si López Obrador desea triunfar en las elecciones del próximo año, tendría que reinventarse a sí mismo. Señalé que el tabasqueño podría intentar aclarar su estrategia para cambiar de rumbo, sin necesidad de violentar las instituciones o quebrantar los principios del capitalismo como el libre mercado y la propiedad privada. Tomar distancia de las izquierdas latinoamericanas que a la luz pública han salido mal libradas, y asimilar que democracia y libre mercado, van de la mano.
Después de leer con atención algunos comentarios que amablemente me hicieran llegar, comprendí lo difícil que es convencer a un devoto seguidor del líder de Morena para que imagine a un López Obrador explorando una “tercera vía” y convertirse en una especie de Tony Blair, intentando más que impulsar una izquierda radical, asegurar un “buen capitalismo”.
No creo que exista militante de Morena asumiendo que su líder utilice la retorica de izquierda para acceder al poder y al final reposar en una política económica de derecha. Sin embargo, entre quienes apuestan al cambio de régimen o al menos de partido, sí existe la incertidumbre acerca de la efectividad de los instrumentos de la izquierda para establecerse como las respuestas frente a las problemáticas que el país enfrenta. Y sí, en cambio, acecha, alimentada por sus adversarios, una imagen de un López Obrador pretendiendo recapitular el populismo o incluso, una vez en el poder, emular a Rafael Correa en el Ecuador, con una buena política social pero soportada en un régimen con significativas privaciones democráticas.
Hay quienes desean escuchar a López Obrador diciendo “una política social efectiva para el combate a la pobreza y la desigualdad no impide que México avance con las transformaciones estructurales y se inserte de manera competitiva en el mercado global”. El problema lo tiene bastante claro el tabasqueño. Al realizar una visita a dos de las izquierdas más exitosas de Latinoamérica, escuchó las transformaciones sin ruptura emprendidas por Michelle Bachelet en Chile, y se aproximó a la izquierda de Lenín Moreno en el Ecuador que, a diferencia de su antecesor, Rafael Correa, ha iniciado una política de diálogo con mayores libertades. En la agenda, dos amistades cómodas más, par de izquierdas con éxitos graduales: la uruguaya de José Mujica y Tabaré Vázquez, y la boliviana de Evo Morales.
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