
Lento para la ira y abundante en la tolerancia, el reflejo de la paz y la grandeza interior se refleja en el grado de nuestra paciencia, de nada sirve decirse realizado cuando la ira supera nuestra capacidad de ser moderados, la ira solo refleja decepción, un grado de desacuerdo interior o la falta de realización personal.
Sin aprobar de ninguna manera el comportamiento pecaminoso debemos entender que las vidas no son perfectas, nadie es dueño de la verdad absoluta y la discrepancia de criterios o maneras de pensar en ningún momento constituyen ofensas realizadas o recibidas para quienes no comulgan con nuestra apreciación.
En tanto el hombre no pueda superar su deseo de criticar o condenar por un razonamiento de entender o soportar la diversidad de opinión de poco servirá el sentirse completo o realizado.
Santa Catalina de Siena fue confrontada una vez por Dios acerca de un “pecado oculto” que tenía: el pecado de juzgar a la gente. Solía pensar que tenía un don para leer la naturaleza humana y notar las faltas de otras personas, especialmente las faltas de los cercanos. Pero, un día, Dios le señaló que las percepciones que estaba recibiendo acerca de las debilidades de otras personas no venían de él: venían del diablo. Ella vino a ver que esto era “la trampa del diablo“.
El diablo nos permite ver las faltas del otro para que, en lugar de querer ayudar, comencemos a juzgar sus almas y condenarlas. Catalina lo admitió a Dios, diciendo: “Me diste … medicina contra una enfermedad oculta que no había reconocido, enseñándome que nunca puedo juzgar a ninguna persona. … Porque yo, ciego y débil como estaba de esta enfermedad, a menudo he juzgado a otros bajo el pretexto de trabajar por tu honor y su salvación“.
Si nos enfrentamos a la verdad acerca de nosotros mismos y experimentamos nuestras propias luchas diarias con los errores o las falsas apreciaciones propias, es menos probable que nos establezcamos en el juicio sobre otros.
Si verdaderamente reconocemos cuánto necesitamos ser críticos con nosotros mismos -si experimentamos la tolerancia, la comprensión y su poder sanador en nuestras propias vidas- entonces nuestros corazones serán mucho más sensatos cuando encontremos las faltas de otras personas.
Si hemos experimentado lo paciente y gentil que otros han sido con nuestras debilidades, entonces vamos a ser más cautos y comprensivos con los demás.
Es por eso que santa Catalina aprendió que cuando nos fijamos en las faltas de una persona, debemos decirnos: “Hoy es tu turno; mañana será mío.
Pero si tendemos a responder a las faltas de los demás con la condena y no la comprensión, puede ser porque nosotros mismos tenemos un serio problema moral. Podría ser porque no hemos llegado a un acuerdo con nuestras propias debilidades y errores y experimentado con sencillez que no somos perfectos ni debemos de serlo y que siempre es posible que estemos en el error.





