AVISO DE CURVA Rubén Olvera

24 abril 2026
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La economía viaja de Washington a Londres

Las recomendaciones de política económica surgidas del Consenso de Washington se convirtieron en el marco económico dominante desde finales de los años ochenta en buena parte de América Latina. 

Su influencia fue tan determinante que, en algunos países, México entre ellos, se le identificaba como un nuevo “modelo económico”. Bajo esas directrices, la crisis y el retraso compartían un mismo origen: inflación, sobreendeudamiento y estancamiento.

Parecía lógico pensar que problemas similares podrían resolverse con soluciones similares. Así surgió la receta única, muchas veces aplicada sin un diagnóstico específico o sin considerar las circunstancias particulares de cada país. 

La verdad es que no había muchas opciones. En un contexto de crisis y alta dependencia del financiamiento externo, las naciones debían avanzar hacia la privatización, la reducción del déficit fiscal y la apertura comercial si querían tener acceso al crédito o a un rescate financiero. Así lo “recomendaban” los organismos financieros internacionales. 

Los préstamos ofrecían liquidez, sí, pero venían condicionados a la implementación de ciertas reformas, fueran o no adecuadas. Ese era el verdadero “consenso”: las instituciones financieras con sede en Washington dictaban la política económica y los países latinoamericanos seguían el guion como receta médica. 

Mucho ha cambiado desde entonces. ¿Siguen siendo vigentes esas recomendaciones? ¿Tiene sentido seguir pensando en soluciones únicas? ¿Es posible hacer política económica sin considerar las condiciones políticas, económicas y sociales de cada país?

Quizás ha llegado el momento de imaginar nuevas ideas y debatir un marco de referencia más amplio. Explorar un nuevo consenso. 

Por eso llamó mi atención “El Consenso de Londres: principios de economía para el siglo XXI”, publicado en 2025 por la Escuela de Economía de Londres y presentado recientemente en un encuentro organizado por la CEPAL, lo que refleja el interés que este tema ha despertado en la región.

El libro no es una lista de recomendaciones. Es un replanteamiento de las bases para diseñar la política económica. Parte de una premisa fundamental que deja atrás el modelo tradicional: el mercado es importante, pero no suficiente. 

Es aquí donde el texto hace un giro significativo. Propone entender el desarrollo como el resultado de la interacción entre economía, política, instituciones y las condiciones sociales de cada país. El recetario diseñado en Washington pierde centralidad; en su lugar, se proponen principios orientadores que permitan diseñar políticas diferenciadas según el contexto.

Encontramos aquí un marco de referencia más amplio y nuevas ideas para debatir. La discusión deja de centrarse en la eficiencia económica e incorpora objetivos como la igualdad y la equidad.  

El crecimiento ya no es un resultado automático del mercado y la libre competencia. Ahora se entiende como un proceso que requiere de inversión en tecnología, innovación y capacidades productivas. 

La política interna se convierte en una variable determinante para legitimar las decisiones económicas. Como señala uno de sus autores: “No hay buena economía sin buena política”.

El mayor cambio que propone el Consenso de Londres radica en el papel del Estado. Deja de ser un actor marginal para asumir un rol más estratégico. Adiós “dejar hacer, dejar pasar”; bienvenida coordinación e impulso a la actividad productiva. 

El debate económico está cambiando. Entre el recetario de Washington y los principios de Londres se percibe en América Latina un nuevo consenso para diseñar políticas económicas propias.

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