¡AVÍSENME!
RUBÉN OLVERA MARINES
Ernesto Zedillo logró revertir los costos del llamado “Error de diciembre”, evidenciando los “asuntos” administrativos y familiares de su antecesor, Carlos Salinas. López Portillo echó la culpa de los males a los banqueros. Vicente Fox aprovechó los más de 70 años que gobernó el PRI para medio salvar su administración. Felipe Calderón encontró en la crisis internacional de 2008 el parapeto perfecto que justificó un cúmulo de decisiones. Y así históricamente, cada presidente se las ha ingeniado para buscar o fabricar culpables ante los distintos trastornos de la economía. Así que, en cuanto a crisis y decisiones impopulares, los mexicanos hemos vivido de todo. Pero a diferencia de otras ocasiones, esta vez el gobierno parece no poder librarse de los costos políticos, del reclamo popular y de la culpa por el alza en el precio de la gasolina.
¿A qué se enfrentó el presidente Peña con su decisión? Dos cosas. Usencia de una eficaz estrategia de gestión del cambio y una población que no confía en el Presidente, su popularidad raya el piso, lo mismo que su calificación y la de sus funcionarios.
Porque incluso, aquellos especialistas que señalan la decisión de retirar el subsidio de la gasolina como acertada, le “pegan” al Presidente al sellar la acción como tardía y mal gestionada. El economista del CIDE, Fausto Hernandez Trillo, identifica la decisión como “correcta”, pero señala que “al tomar una decisión cuando se tiene el agua hasta el cuello, la medida pude lucir desesperada”. Lo mejor hubiera sido, argumenta el académico, haber incluido el retiro del subsidio a la gasolina en la reforma fiscal de 2013 o en los paquetes económicos subsecuentes. El otro error que identifica Hernandez Trillo es la falta de claridad para saber en qué utilizará el gobierno los recursos que se liberarán del subsidio. Es cierto, ¿qué servicios de los que ofrece el Gobierno Federal mejorarán o se incrementarán con los mayores ingresos?
No termina ahí. La decisión de la Comparmex de no firmar el reciente Acuerdo para el Fortalecimiento Económico, promovido por el Presidente, aludiendo que el documento lucia “improvisado”, sin “respaldo social” y que además se pretendía culpar al sector privado de la posible escalada de precios, también evidenció que el equipo de Enrique Peña pudo no haber tenido un plan para atender los efectos y las repercusiones del cambio en los precios del combustible.
La decisión de retirar el subsidio a la gasolina, expresó José Ángel Gurria, secretario general de la OCDE, inaplazable e inevitable, sin embargo, en mi opinión, no llegó “cargada de razones”, acompañada con una menos que discreta estrategia de comunicación post-decisión y sin el respaldo suficiente –incluso los gobernadores aglutinados en la Conago fustigaron la decisión presidencial, señalando que no fueron tomados en cuenta; algunos de los quejosos, del mismo PRI–.
El presidente Peña debe de estar consciente de su decisión y de los costos que asumirá él y su partido por haberla tomado. Sin embrago, a pesar de lo extremo o impactante de la medida, se ocupa de la opinión pública un análisis más elaborado, capaz de ver las cosas desde otra perspectiva, por ejemplo, valdría la pena comenzar a explorar los efectos y consecuencias de la medida, en vez de señalar la decisión, la cual ha sido tomada.
Señalamos al presidente Peña, el cual por supuesto que tiene su responsabilidad, pero la pasión nos ha impedido echar un vistazo al cuarto de maquinas de un país que no termina por consolidar su estructura productiva y aprovechar al máximo sus ventajas competitivas en el contexto internacional. ¿Por qué no la asimilamos, como lo hemos hecho con la inflación, la caída en el PIB o las devaluaciones del pasado? ¿Por qué insistimos en la decisión, y no en sus efectos? ¿Por qué volteamos hacia el gobierno, sin observar las condiciones de la economía y de su contexto? Por una razón. La desconfianza en el gobierno y sus decisiones, cualesquiera que éstas sean, crece. Las discusiones escapan de lo económico, para refugiarse en lo político. Me refiero al gobierno en general, pero por supuesto que el descontento y el recelo se acentúan, por la baja popularidad del Presidente
Cuando menos, que hubieran avisado. ¡Avísenme!





