Los desafíos que tuvo que enfrentar Miguel Riquelme para legitimarse en las urnas y en los tribunales, han fijado un rumbo algo imprevisto en la forma de gobernar y hacer política en Coahuila. No podría ser de otra manera. Después de una elección cerrada, frente al desafío de un Congreso mayoritariamente opositor y con elecciones municipales y federales en puerta, solo un ingenuo se atrevería recomendar al gobernador retomar el estilo tornadizo y áspero de su antecesor.
Pero más allá de talantes personales, el reto que enfrenta Miguel Riquelme, es concretar el mandado nacido de las urnas, en donde el sesenta por ciento votó por un cambio, incluso, me atrevo a decir que un porcentaje de los sufragios recibidos por el hoy gobernador, fueron otorgados con la expectativa de que mudaría de Palacio de Gobierno las formas desordenadas de administrar atribuidas al antecesor de su antecesor y volvería la hoja de los modales caprichosos al momento de ejercer el poder.
Visto aisladamente, usar la mano izquierda para hacer política, la derecha para garantizar la seguridad, y la cabeza para gobernar no parece una decisión complicada. Uno pensaría que, una vez que entren en funciones los nuevos alcaldes y diputados locales, sería algo común ver en la misma mesa al gobernador (o al menos a José María Frautro, secretario de Gobierno) junto a Jorge Zermeño hablando civilizadamente de proyectos y de recursos presupuestales para Torreón, o dialogar con Lenin Pérez de la UDC y con legisladores del PAN para impulsar iniciativas en el Congreso local. Son los nuevo tiempos, es el mandato de las urnas. A los priistas no debería sorprenderles e incomodarles la pluralidad y las negociaciones con la oposición para impulsar acuerdos.
Esto no quiere decir que Riquelme y el PRI renuncien a gobernar con la mayoría que les otorgaron las urnas. Vamos, ni siquiera se trata de armar un gabinete plural o representativo de las distintas fuerzas políticas. De lo que se trata es de ejercer un gobierno responsable y eficaz. Además, practicar una política moderna, caracterizada por el diálogo, el consenso, los argumentos, los pactos y las coaliciones. Arte eclipsado por el estilo personal de sus antecesores y por la mayoría legislativa que en esos tiempos presumía y ejercía con singular alegría el PRI.
El primer reto, y la primera señal de lo que será el estilo de gobernar y hacer política de Miguel Riquelme se revela con la formación de su gabinete. Si con los perfiles que ha designado hasta hoy centra su objetivo en fortalecer políticamente a su equipo rumbo a futuras elecciones, estaría renunciando a la posibilidad de garantizar un gobierno responsable y eficaz en el logro de objetivos administrativos. Situación que fue bastante observada durante la administración pasada: alta rotación en el gabinete y perfiles no del todo orientados para las responsabilidades del cargo.
Por supuesto que desligar la política de la administración parece una tarea imposible, más cuando se acercan elecciones. Sin embargo, lo que sí tiene sentido es dejar la política en los espacios naturales y propicios para ejercerla, me refiero a la secretaría de Gobierno, que durante la pasada administración fungió más como agente o gendarme, a cargo de la seguridad, los penales y de los mandos policiales de la entidad, que como espacio para la construcción de acuerdos políticos. Que dicho sea de paso, dada la mayoría priista, no era necesario.
En cambio, el resto de los secretarios, sin excepción, deberían no estar ni felices ni confiados, pensando que el cargo les servirá para hacer política e impulsar sus carreras personales. En eso consistió el juego durante muchos años. Para lo que deberán estar preparados, todos, Higinio González, Blas Flores, José Luis Flores, Román Cepeda, y el resto, es para recibir una indicación estricta del gobernador: cumplir a cabalidad con el mandato administrativo para el que fueron designados.
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