RUBÉN OLVERA MARINES
Sí algún coahuilense lograra viajar en el tiempo para encontrarse con el pensador y estadista ateniense Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia, y le preguntase “¿Cuál de los aspirantes es el idóneo para gobernar Coahuila durante los próximos seis años? Seguramente antes de ofrecer una respuesta, el gran reformador griego cuestionaría “Dime primero cuáles son las dolencias del pueblo al que te refieres”.
Sabiduría es acierto, cálculo razonado, certeza. Nuestro viajero en el tiempo no encontró del sabio Solón la respuesta que estaba buscando. Pero al regresar a su tiempo, al momento en el que los partidos políticos deshojan la margarita para seleccionar a su candidato rumbo al 2017, comenzó a plantear preguntas extrañas, inquietantes para los partidos, “¿saben ustedes, rojos, azules, verdes, morenos, incoloros, cuáles son los verdaderos problemas que agobian a Coahuila? ¿Conocen las herramientas para, independientemente del nombre que lleve el elegido, hacer valer la voluntad ciudadana garantizando que se llevarán a cabo las cosas por las que votamos?
El inquieto coahuilense, transeúnte intertemporal, retornó más sabio.
¿Tendrán las élites y las bases de los partidos políticos que jugarán en 2017, la sapiencia para construir un diagnóstico relativamente certero sobre las problemáticas que aquejan a la entidad, y en función de ello seleccionar al mejor prospecto? ¿O será acaso que al igual que en el pasado, se dejarán llevar por la popularidad, los genes o el compadrazgo?
Ningún partido quiere perder. La fama, el aplauso militante, son tentaciones enormes, difíciles de resistir para los organismos políticos. Pero estimo también que los coahuilenses –’principalmente aquellos que tienen la habilidad de viajar en el tiempo’- aprecian que las artes de gobierno ocupan de algo más que la gracia y el encanto de una simpática imagen en la pantalla.
Pero, ¿cuáles son algunas de esas dolencias? No le demos vueltas y comencemos por uno de los temas más “álgidos” que guiarán los debates y confrontaciones entre los distintos candidatos: la deuda, sus efectos y la mejor forma de gobernarla. Respecto a los efectos, en su más reciente columna, uno de los mejores economistas de estas tierras, Alejandro Dávila Flores, ha puesto el dedo en la llaga al clarificar el desplome en la inversión pública en este sexenio a consecuencia del incremento de los recursos para el pago del servicio de la deuda. ¿Cuál de los aspirantes al interior de cada partido tendrá el acierto para mitigar los efectos de esta dolencia? ¿Quién podrá realmente desplegar cierta dosis de creatividad para gobernarla, sin la urgencia de financiarla con la contratación de nuevos créditos?
Un segundo tema es por supuesto la seguridad. A su regreso de la Antigua Grecia, nuestro viajante realizó una visita a los inicios del presente sexenio, se encontró con un Coahuila diezmado, convulsionado por el embate de la inseguridad. En el presente, los indicadores muestran relativa calma, pero si de algo podemos estar seguros es que la inseguridad llega, se va, regresa, incluso cuando no está, quedan sus cicatrices. Tú tendrás, apreciable lector, un mejor criterio -ojala que los partidos también lo tengan- para ubicar de entre el cúmulo de aspirantes, aquel o aquella que reúna el talante para asegurar la irreversibilidad de la seguridad y la calma en el estado.
El tercer punto de inflexión se observa en la evolución del sentir ciudadano sobre el tema de la corrupción, y la capacidad de los distintos aspirantes para combatirla. Este problema podría resumirse en que si hubo un sobreendeudamiento y hubo rachas de inseguridad que dejaron profundas cicatrices, citar a rendir cuentas a los involucrados podría sosegar un poco las dolencias de los coahuilenses. En la actualidad, la voluntad para castigar los excesos está dormida. Quien garantice sacudir un poco el catre en donde reposa la rendición de cuentas, podría asegurar algunos votos adicionales en las casillas.
El escritor y lingüista George Lakoff, asegura que en la actualidad la gente no vota por las propuestas específicas de los candidatos, sino más bien por su capacidad para transmitir confianza. ¿No crees que un candidato sería más confiable si al debatir o entonar un discurso supiera perfectamente de lo que está hablando?
Tu Opinión: [email protected]






