“¡Resiste!, ¡aguanta!, ¡tú puedes, Erik!”. Durante dos noches, la familia de Erik Gaona se mantuvo frente a la mole de hormigón, gritándole a la montaña de escombros con un megáfono.
“Salió y volvió a entrar. Le dijimos que no lo hiciera porque se veía feo, pero entró a recoger sus cosas”, explica el vendedor del puesto de periódicos y golosinas que hay frente a lo que hasta el martes era un edificio de oficinas. Se acuerda de él perfectamente: robusto, grande, con barba, unos cuarenta años.
Apenas había pasado media hora del temblor y a la 1:50 de la tarde la sensación en la calle San Luis era de que la pesadilla había terminado. Muchos vecinos aprovecharon para entrar y revisar los daños, pero el edificio de Erik se venció completamente de un lado.
Su familia buscó la lista de Locatel, fue a los hospitales de Xoco, Balbuena y la Cruz Roja de Polanco y en ninguno estaba su hermano. Tenía que estar ahí. Y ya no descansó.
Desde entonces su familia estuvo junto a los servicios de rescate pero no con un pico ni una sierra, sino un megáfono desde el que le hablaba con los ojos llorosos a Erik.
“No nos vamos a mover hasta que salgas. Tu hija está bien, tus padres están bien…te fe» gritaba a los cascotes su hermana.
Durante dos noches, con cada ladrido de los perros sobre los escombros, lo que significa que hay una persona, se mantenía la esperanza. Hasta entonces los brigadistas habían sacado de esos mismos escombros a tres personas vivas y tres muertas y solo quedaba Erik, de acuerdo con el recuento que habían hecho entre todos vecinos, amigos y familiares.
La tarde del 19 de septiembre, en el portal de Medellín 176 había una vendedora de tortas que quedó aplastada junto a una niña. Ambas habían vuelto después del susto. Solo habían pasado 40 minutos; una reacción tan natural como peligrosa, teniendo en cuenta que ha habido más de 100 réplicas desde el temblor.
“Te amo, aquí está tu familia, no nos vamos a mover, resiste” seguía gritando su hermana 50 horas después.
Cerca de las 12 de la mañana del jueves, Chichi, un pastor belga de aspecto famélico y entrenado en Saltillo, seguía infatigable oliendo entre las piedras. Husmea hasta que localizó un lugar y comenzó a arañar las piedras frenéticamente. Era la segunda vez que marcaba el mismo punto.
Una vez ubicada la existencia del cuerpo el equipo israelí y los Topos de México se hundieron entre las piedras y salieron con el cuerpo. Miembros de los equipos de rescate, con el cuerpo envuelto en una sabana, levantaron el puño para pedir un minuto de silencio por Erik. Los rescatistas explicaron después que, probablemente, Erik falleció en el instante con la caída de los primeros cristales.
Su hermano se detuvo entonces ante las decenas de voluntarios que llevaban dos días dejándose la piel bajo las rocas y tomó el simbólico megáfono para dirigirse a ellos: “Gracias a todos, gracias a quienes han ayudado en las tareas de rescate y a quienes han traído comida y víveres. Pido un aplauso para ellos…”, y se esfumó entre la gente y la tristeza, con el megáfono derrotado colgando en la mano.
Información de: El País





