
Te alimentas mal:
Lo creas o no, tu alimentación juega un rol súper importante a la hora de ser productiva. Dado que tu cuerpo es una herramienta de trabajo, si no lo cuidas, es lógico que haya días en los que sientas que no podés más. En realidad no es tu mente que no quiere trabajar, sino que tu cuerpo ya no tiene más energía.
Si en cambio, consumís alimentos que no te den ese pico de azúcar pero que en su lugar tengan grasas que te dan una energía más constante y duradera, podrás trabajar por más tiempo sintiéndote bien durante todo el día.
Te levantás demasiado tarde:
Eres mucho más productiva antes del mediodía, cuando tu cerebro no está contaminado por lo que sucede alrededor. La idea de levantarte un poco más temprano es que te acostumbres a ser proactiva, en lugar de reactiva.
Si te levantás antes tienes más tiempo para prepararte para enfrentar el día y además, podrás hacer esas tareas que requieren toda tu atención ya que no tendrás tantas distracciones como en la tarde.
Ponés a los demás primero:
Esta, tal vez, es la tarea más difícil de hacer cuando se trata de ser productivas.
Cuando te enfrentes a una situación en la que tengas que dejar de hacer lo tuyo por complacer el pedido de otro, pensá en el costo real de darle lugar.
Eres adicta al celular:
El sentir que debes chequear tus notificaciones o que hay mensajes que debes responder, está impidiendo que te concentres de lleno a la tarea que te toca hacer.
No descansas de verdad:
Para poder rendir al 100% de tu máximo potencial, es necesario descansar al 100%. Entrená tu mente como si fuese un atleta que se prepara para las olimpiadas. No somos robotitos, somos humanos. Animate a descansar los fines de semana, por lo menos los domingos. Y cuando lo hagas, apagá el teléfono y desaparecé de todo lo laboral.





