RUBÉN OLVERA MARINES
A lo largo de su historia, el PRI registra marejadas transformadoras y trazos de crítica provenientes de sus propias filas. La mayoría de ellas, sin embargo, se dirigían a condenar el “dedazo” o intentaban fortalecer la estructura territorial y restar poder a los sectores del partido. La norma había sido no ventilar señalamientos acerca del funcionamiento de los gobiernos emanados de sus filas, salvo en aquel movimiento de finales de los 80, que terminó en ruptura, denominado la “Corriente Democrática”, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.
Algunos de los impulsos de cambio resultaban visionarios, pretendiendo tomarle ventaja a las nuevas realidades que se avecinaban, tales fueron las iniciativas de Carlos Madrazo a mediados de los años 60. Otras oleadas de cambio resultaros contingentes a las crisis internas y descalabros electorales que amenazaban su permanencia en el poder, como las impulsadas por Luis Donaldo Colosio en 1989.
En el PRI se podía hablar de la falta de democracia interna, pero señalar los excesos de sus militantes en el ejercicio de gobierno, un auténtico tabú.
Las cosas, como las personas, cambian. El instinto de sobrevivencia está determinando algunos rasgos de evolución del priismo para adaptarse al nuevo contexto: un clima cada vez más cálido, con nuevas y competitivas especies, donde el alimento, los votos y el presupuesto, son cada día más escasos.
Aunque tenues, se vislumbran algunas señales que dibujan un posible cambio de rumbo, en donde la autocrítica y la rendición de cuentas de los gobiernos locales hacia el partido, tienen cabida.
Es por ello que no sorprende que, después de las derrotas del PRI el pasado 5 de junio, su nuevo dirigente, Enrique Ochoa, dirija su mirada hacia aquellos funcionarios priistas, particularmente algunos gobernadores, que presuntamente cometieron excesos y desviaciones, acarreándoles derrotas claves en Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo.
Si los señalamientos no son directos, las formas resultan bastante reveladoras, cuando en una reunión reciente convocada por el nuevo dirigente nacional del PRI, algunas sillas que deberían haber ocupado ciertos gobernadores, quedaron vacías.
Por supuesto que cabría preguntarse si esta acción contingente que busca recuperar la confianza del electorado rumbo a las elecciones de 2017 y 2018, responde a un carácter sensato, maduro, real, duradero, para mejorar las prácticas de gobierno, o manifiesta tan sólo un sentimiento de enojo pasajero para con aquellos gobernadores que al sobrepasar los límites que impone la ética y legalidad pública, comprometieron la posición del PRI para las próximas elecciones.
Por lo pronto, en el ámbito local coahuilense, el diputado federal priista y aspirante a la gubernatura, Javier Guerreo, con motivo de su reciente informe legislativo reveló una interesante posición, ciertamente ambivalente, aunque no contradictoria. Por un lado, el reconocimiento a la fortaleza del PRI rumbo al 2017: la mejora en los índices de seguridad. Y, por la otra, el rompimiento de un tabú priista: la crítica, al referirse a la deuda y a los sucesos de violencia acaecidos en Allende y en el penal de Piedras Negras, como “agravios que habrá que enmendar”.
Por supuesto que el mensaje puede tener un interés genuino, pero también tiene una blanco preciso: distinguirse del resto de los aspirantes, como alguien que, dentro del régimen, podría revisar esos temas del pasado que han “quedado pendientes”, temas que posiblemente ningún otro aspirante abordará.
Los tabúes, la falta de autocrítica, la regla de lavar la ropa en casa, le han costado al PRI derrotas significativas. A diferencia del pasado en donde el electorado no militante se movía de derecha a izquierda, hoy se mueve independientemente de la ideología y busca propuestas críticas frente al poder.
La elección que más retos ha presentado para el PRI fue sin duda la de 1988, con Salinas de Gortari; el tricolor logró mantener el poder gracias a una singular estrategia: “romper para dar continuidad”. Sean quienes sean los candidatos del PRI para las próximas elecciones, el rompimiento parece obligado.
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