El viejo adagio de “si estás en un pozo, deja de cavar” es conveniente remembranza para los políticos que son taurinos y que, siéndolo, sucumben ante ritos revanchistas para terminar sacrificado su congruencia, afectando su ánimo torero y con la espada del doble discurso, de una estocada magnifica (digna de una oreja), liquidar la fiesta. Tienes un Museo de la Cultura Taurina, siempre fuiste aficionado a los toros y hoy, te apitonas solo, en el tentadero.
Levanten el pañuelo por la faena de la ignominia, otro pañuelo al aire por tres tercios de rubor ante la burla del respetable, y el rabo entregado no por valor en el ruedo sino por la hipocresía taurina que liquidó el encierro. Se pueden prohibir las corridas pero nunca podrán acabar con la Fiesta Brava. Las corridas son verónicas en el coso y derechazos en el terreno. La fiesta y el arte son privilegio del alma y del cuerpo, son templos sagrados inalcanzables al desprecio.
El tentadero es un sitio mágico en donde se cala la bravura del toro y la vaquilla, donde se seleccionan: la raza, el trapío y la nobleza; es terreno de valor y de arte, que forja toreros. Pero el tentadero es también ocasión y coyuntura de enemigos del sueño, es espacio y burbuja de tentación política de enemigos del pueblo.
Ah, si fueras antitaurino, estarías haciendo lo congruente, si la sociedad te gritara en pleno que no quiere las corridas, estarías haciendo lo correcto. Pero hay cosas que no son democracia, que en ellas no aplica la ley del pueblo. Pero si manipulas el ánimo de los jóvenes y si los beneficiarios de tu régimen adulan, en lisonja servil tus actos injustos, eres más responsable aun del golpe social de tus designios.
¿Qué razón jurídica los ha motivado, cual designio social han desafiado, que anti criterio político te ha secuestrado? No hay razones válidas para prohibir manifestaciones culturales como las corridas de toros. El maltrato a los animales no es suficiente argumento para acabar con tradiciones y expresiones de arte que emocionan el alma. Que van más allá de la conciencia, que son imperceptibles al impasivo.
Todo por un diferendo político ajeno al pueblo; harás héroe a tu enemigo y la Fiesta, él no la representa. Es sin embargo un defensor del gremio y dispone de tiempo y dinero para tirarlos en el camino de la política y del “indomistismo”. Te estás poniendo el traje de guerra y entre las patas del toro te llevas a un gran segmento de tu gente, a la que juraste servir. El tiempo es justo verdugo y rescata el silencio.
Fermín Espinosa “Armillita” nació en esta tierra y aun después de muerto vive y sigue dando gloria a su terruño. Cuatro generaciones torearon, siguen toreando y cortando orejas. El cuarto Fermín Espinosa en la saga torera, vistió de luces el sábado en Saltillo, indultó un toro; demostró en la tierra de sus abuelos la noble casta. El joven matador, volteando al cielo de los toreros, parecía orar; buscaba afanoso al espíritu de su abuelo. Fermín Espinosa, el Armilla viejo, estaba en La Plaza, gritaba un melancólico “olee” a su nieto. El cartel fue grande, lucieron toreros y toros. Plaza llena, solidaria. Afuera, cuatro niños y una manta, azuzados por un diputado verde, empleado del poder.
Sucedió hace años, en una tarde de toros. Los dos toreros más insignes del mundo en ese momento eran mexicanos y eran norteños. Un mano a mano en una Plaza Grande en Monterrey, entre Lorenzo Garza Y Fermín Espinosa “Armillita”, el primero orgulloso de su tierra regia y el segundo digno hijo de Coahuila. La gente eufórica vivía el encierro tan esperado. Estados vecinos pero siempre rivales, vitoreaban a sus diestros. El Valor y el Arte, el Toro y la Devoción, siendo una misma cosa, animaron al aficionado coahuilense, de cepa y de siempre; y entonces, retumbó la Plaza, un coro retador y un tanto sacrílego que aun hace eco en el Cerro de la Silla:
“Pa’ Lorenzo Garza tenemos a, Armilla, y pa’ la Virgen del Roble, al Santo Cristo de la Capilla”.
“Mientras que las vaquillas son en el tentadero, única y nada más pa’ los toreros, por fuera del redondel, por cierto de piedras hecho, sentado, llora un chiquillo, sentado llora en silencio. Con su multilla enjuga sus lágrimas de torero. La noche caía en silencio, LAS NUVES GRISES SE VEN A LO LEJOS”… Huapango Torero.
En el tentadero, el pueblo ha tentado de que estás hecho.
Escrito por: Adrián Garza Pérez
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