Por si no bastaran las insufribles campañas electorales que año tras año presenciamos en México, ahora resulta que las elecciones internas que se llevan a cabo en los EE UU desatan una necesidad acaso inevitable de atención mediática y respuestas políticas por parte de las autoridades mexicanas.
Y es que como nunca, hasta el más trivial de los detalles, por ejemplo, el supuesto peluquín de Donald Trump, ha gastado tinta y consumido minutos en los medios impresos y electrónicos del país.
Reconozco que esta columna ha caído presa, anteponiendo poca resistencia, del electoralmente efectivo espectáculo mediático que, un día sí y el otro también, ofrece el magnate norteamericano, hoy convertido en el más aventajado aspirante del Partido Republicano y con serias, inminentes, posibilidades de convertirse en su candidato presidencial.
Sí bien, al igual que la mayoría de los columnistas, no he resistido la tentación de opinar sobre el proceso electoral norteamericano, dejando de lado los muchos problemas de nuestro país y sus interesantísimos procesos electorales internos, sí evitaré desgarrarme las vestiduras atizándole al enemigo “number one”. No me interesa. No es tema. Pero, ante la insistencia, me limitaré a citar una breve frase de Mario Vargas Llosa:»En la civilización del espectáculo, el cómico es el rey». Y lo será, al menos del partido del paquidermo.
Tras más de sesenta años, después de la Guerra Fría, en los que el tema ‘México’ prácticamente fue excluido de las campañas y debates electorales del vecino del norte, lo normal sería que, tarde o temprano, algún aspirante vistiera a nuestro país con el traje de demonio, como en su momento lo hicieron Ronald Reagan con los países o individuos que conformaban “el imperio del mal” o aquellos que enfrentó George Bush en su guerra contra “el eje del mal”. La creación de demonios, “enemigos”, es algo innato en la derecha norteamericana. México está sobre el banquillo de los acusados, con Trump en el papel de fiscal acusador.
Ahora bien, me parece fascinante que una mujer tenga posibilidades reales de gobernar a la nación norteamericana, y de paso erigirse como la antítesis del caudillo al estilo americano. “Face to face”, Hillary Clinton –si me encontrará con ella yo le llamaría ‘Hilaria’−, la inaplazable candidata demócrata, saca más de diez puntos de ventaja a Trumb en las encuestas.
Para entender el papel de la mujer en las transformaciones, avances y retrocesos, de dos naciones desarrolladas, tenemos necesariamente que referirnos al dúo integrado por Hilda y Dorothea; Margaret Thatcher, la “Dama de Hierro”, primera ministra británica en la década de los ochentas, y Angela Merkel, la canciller alemana desde 2005. No dejemos de lado la vanguardia sudamericana de destacadas mujeres en la política. Ahí tenemos al trío conformado por Verónica, Elisabet y Vana, mejor conocidas como Michelle Bachelet, en Chile, Cristina Fernández, en la Argentina y Dilma Rousseff, en el Brasil.
No tiene sentido comparar a ‘Hilaria’ con las señoronas que te he presentado. Cada una de ellas tiene su propio estilo y han sido históricamente determinadas por las circunstancias políticas de su tiempo y espacio. Sin embargo, la señora Clinton, recuperada completamente de aquella derrota que sufrió en la interna demócrata de 2008 frente al hoy Presidente Barack Obama, parece ser la única alternativa para aquellos mexicanos preocupados por el incesante avance de Donald Trump.
Porque más allá de las encuestas que le otorgan a ella una considerable ventaja sobre el magnate, la expectativa de que el tema ‘México’ continúe banalizándose en voz de Trump y de sus seguidores, asumiendo que su beligerante discurso respecto a nuestro país le continúe redituado en votos, obliga a pensar seriamente en buscar un abogado de ‘oficio’, un “public defender”. ‘Hilaria’ parece ser la única opción. En México deberíamos hablar más de nuestra posible defensora, y menos del acusador.
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