CAMBIO O CONTINUIDAD, LOS DOS ROSTROS DE LA SUCESIÓN

19 febrero 2016
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olveraRUBÉN OLVERA MARINES

Dicho y hecho. La sucesión en Coahuila se vuelve cada vez más incierta. A meses de iniciar el proceso electoral, diversos nombres continúan abultando las columnas políticas. Los recientes movimientos de ciertos actores políticos, entre ellos, los escarceos electorales de Humberto Moreira, el mensaje de fuerza y pluralidad que envió recientemente Enrique Martínez y Morales, las continuas apariciones públicas de Guillermo Anaya, la incesante presencia de Armando Guadiana, y Miguel Riquelme que no afloja, configuran un escenario que no invoca a la linealidad, sino a lo señalado por el politólogo polaco Adam Przeworski como uno de los elementales requisitos para que un proceso político se le considere democrático: la incertidumbre.

Si hoy, a meses de iniciar el proceso electoral, asumiéramos una certeza razonable de quién va a ganar, habría que cuestionar al mismísimo proceso de consolidación democrática. ¿A quién le interesaría leer ésta u otras columnas, si en el escenario se dibujara un proceso monótono y unipolar como en antaño? Así sea que las apuestas se ubiquen 3 por 1 a favor de determinado partido o candidato, ese “1” que podría estar rescatando el segundo aspirante o partido mejor posicionado, es lo que rocía de pimienta al cada vez más cercano proceso electoral de 2017.

Aunque los analistas políticos de la entidad, les otorguen mayores probabilidades de triunfo a unos que a otros, el ingrediente “probable” despide un aroma más democrático del cual carecieron el PAN y PRI coahuilenses hace cinco años.

Pero olvidemos las teorías políticas importadas. Centrémonos en la praxis. Porque en realidad mi opinión es que el proceso que se avecina es más fácil de entender −no de predecir− de lo que en realidad parece.

Sé que comparto contigo la atrayente sensación de que es mejor un ramillete de aspirantes a la monotonía del histórico “favorito”. Sin embargo, también tengo la impresión de que, independientemente de la multitud de aspirantes, las circunstancias políticas que, desde ya, envuelven el proceso sucesorio, reducirán al mínimo las opciones para los electores.  La competencia poco tendrá que ver con nombres, y sí mucho con proyectos; y de éstos, sólo hay dos catapicias: en la primera de ellas se deja entrever algo llamado “cambio”. En la segunda, lo perene, la “continuidad”.

Incluso, la interna del PRI, cualesquiera que sea el método de elección, se convertirá en un sendero con dos destinos, dos rostros, ambas opciones con consecuencias distintas para el futuro del estado. No importa demasiado cuál de los aspirantes sea el ungido. Cada uno de ellos representa, sin duda, una única opción: o asumen el discurso del cambio, o defienden la continuidad. Para la mayoría de ellos, les será imposible modificar la historia de su pasado.

En el PAN, las cosas son idénticas; aunque con un abanico de aspirantes bastante más reducido.  Las opciones del cambio y la continuidad, tú las conoces, uno que ya lo intentó, pero asegura que la “segunda” es la vencida;  el otro que levanta la mano, esperando romper la inercia de candidatos panistas a la gubernatura provenientes de La Laguna en los últimos tres sexenios.

Aceptada la premisa de que rumbo a 2017 las opciones políticas del PRI y del PAN se reducen a dos alternativas, la incertidumbre de la que hablamos al principio de esta columna también se reconfigura; en todo caso, para los analistas resultaría más fácil predecir el resultado de la elección constitucional, que la interna de los dos partidos. Y conste que no hemos hablado de los independientes.

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