Algo que vale la pena contar: Hubo una vez un tiempo en el que las tradiciones se transmitían de generación en generación

4 diciembre 2015
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boardman«Uno puede estar a favor de la globalización y en contra de su rumbo actual, lo mismo que se puede estar a favor de la electricidad y en contra la silla eléctrica.» F. Savater

Hubo una vez un tiempo en el que las tradiciones se transmitían de generación en generación. Padres y abuelos nos llevaban de la mano estrechando lazos de cálido contacto humano pleno de sentimientos y de valor. Hoy la tecnología y las formas de comunicarnos han cambiado de manera radical nuestra forma de relacionarnos. Claro, obtuvimos otros beneficios: efectividad, rapidez, economía de recursos, pero el costo por extinguir el pasado ha resultado extremadamente elevado: perdemos identidad.
Hoy en día, a propósito de las fechas decembrinas que comienzan, las celebraciones navideñas de antaño apenas si reconocen en sus actuales descendientes alguna señal de parentesco. Parece lejana y primitiva la representación a través de nacimientos superpoblados con rebaños de ovejas, pastores, ángeles, camellos, árabes, ríos, puentes, pozos, establos, heno, musgo, luces, creatividad y ese sabor casero de instalar en familia el nacimiento mientras se tomaba un ponche y se cocinaban galletitas en el horno. Hoy apenas y aquello, si acaso se reduce al misterio ya ensamblado colocado como un adorno más. Los árboles navideños mudaron la piel de sus otrora luces de chispita, por un elegante y frío traje de fibra óptica.
Vuelta de página a pedir posada de adeveras, con sus villancicos, rezos y velas, eso era cosa de las abuelitas, dicen. Hoy simplemente se trata de un acto social más, donde no puede faltar la bebida, las rifas, el baile, y claro, los regalos y las compras como elemento principal. Y si el vecino tiene o no que cenar, no forma parte del programa. De la convivencia, los brindis, la música o declamaciones que generalmente alguien podía interpretar, ni hablar; tristemente la televisión reclama su lugar como maestro de ceremonias y reduce las charlas limitando a observar como algunos famosos, pseudo entretienen mentes perezosas. Se envían felicitaciones y buenos deseos por celular y claro, el peor elemento que demuestra el exceso de fanatismo en las tendencias: la propia cena navideña. Hoy ya todo lo entregan hecho y en paquetes. Poco a poco va quedando relegado el esmero que cada miembro de la familia aportaba con algún elemento para esa cena especial.
Adiós a las identidades, la frágil y pujante evolución actual finalmente ha invertido los papeles: ha vuelto al ser humano un producto, para ser consumido por el monstruo global.
Somos lo que hemos leído y esta es, palabra de lector. [email protected]

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