Algo que vale la pena contar: En el principio solo existieron hombre y caballo

13 mayo 2016
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boardmanEn el principio solo existieron hombre y caballo. Por milenios impulsaron el trabajo agrícola, transporte, comercio, batallas, amistad, hasta que la invención de los motores cambió para siempre esta simbiótica relación. El otro día mi aguerrido infante de siete años me preguntaba si acaso sabía yo, quién era «Babieca». Seguramente el nombre saltó por ahí en alguna de sus lecturas, pero me dio pie a preguntarme introspectivamente, cuántos caballos famosos reales o literarios recordaba, además por su puesto del «Caballo blanco» que salió un domingo de Guadalajara y los otros tantos cantados por Antonio Aguilar, y me puse a platicarle…
En el génesis equino estuvo «Pegaso», caballo volador del Dios Zeus y que según la mitología nació del chorro de sangre que brotó cuando Perseo le cortó la cabeza a Medusa. Luego pensé en «Janto» corcel de Aquiles, sin el cual, seguramente no se hubiera contado como tal la «Ilíada» y por supuesto la «Guerra de Troya» con todo y su mítico caballo de madera.
«Genitor» que significa creador o padre, era el preferido de Julio César, que lo bautizó así en honor a su padre muerto. Cuando el equino murió, César le mando construir una estatua enorme frente al templo de la Venus. «Strategos» que quiere decir «General» o también conocido como el «Caballo de los Alpes» fue compañero de Aníbal en su épica aventura. «Othar» del cual se decía que por donde plantaba su pezuña no volvía a crecer la yerba, era por supuesto el de Atila, «El azote de Dios». «Lazlos» o «Caballo del desierto» fue el primero que tuvo Mahoma, que apasionado de los jamelgos alguna vez dijera: «El diablo jamás osará entrar en una tienda habitada por un caballo árabe». «Búcefalo» y su estrella blanca en la frente con forma de cabeza de buey, fue el consentido de Alejandro Magno. «Babieca» ¡claro! el de Rodrigo Díaz de Vivar, Cid Campeador, que después de la muerte de su amo nunca más fue montado de nuevo. «Marengo» era el preferido de Napoleón. «Palomo» el de Simón Bolívar. «Aguila» se llamaba el de Porfirio Díaz y «Siete Leguas» y «Grano de Oro» los de Pancho Villa; el de Emiliano Zapata y de hecho su última monta, se llamó «As de oros».
Y literariamente están entre muchos, «Rocinante» de Don Quijote, «Plata» y «Pinto» del Llanero Solitario y Toro respectivamente; «Tornado» era el del Zorro, y «Sombra gris» el de Gandalf. Fueron los que recordé a botepronto, cada uno aderezado por supuesto con sendas historias, imposibles de contar en estas pocas líneas, pero que el menudo aventurero escuchó alucinado… ¿Qué te parece le dije? me miró fascinado y dijo: ¡Quiero un caballo!…
Somos lo que hemos leído y esta es, palabra de lector.

Escrito por: Alberto Boardman

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