Trump vuelve a los mítines con menos público del previsto: “La mayoría silenciosa es más fuerte que nunca”

21 junio 2020
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Donald Trump retomó ayer  sábado por la noche su campaña electoral de la forma que más ama esta estrella de la telerrealidad, con un largo mitin plagado de mofas en tierra amiga, el conservador Estado de Oklahoma, donde hace cuatro años arrasó en las urnas por 36 puntos de diferencia. No dejó palo sin tocar: alertó de que si en noviembre ganan los demócratas, las turbas dominarán las calles y nadie volverá a estar seguro. Aseguró que Estados Unidos tenía muchos contagios de coronavirus -el “virus chino”, según sus palabras- porque hacía más pruebas que nadie y, por eso, había pedido que los reduzcan (la Casa Blanca aseguró después que bromeaba). Pidió una nueva ley para penar con un año de cárcel a quien queme la bandera de Estados Unidos (acto protegido por la libertad de expresión). Y acusó a Joe Biden de someterse a “la izquierda radical”.

Tras más de tres meses de parón por la pandemia, Trump llegaba con ganas de darse un baño de masas en Tulsa, pero el pabellón BOK, con capacidad para 19.000 personas, recibió mucho menos público del previsto. El discurso que tenía pensado dar en el escenario preparado fuera, para los que no lograsen entrar, se canceló una hora antes y dentro llamaba la atención la cantidad de asientos vacíos. Su campaña afirmó que los manifestantes contra el racismo habían bloqueado el acceso a muchos seguidores. Trump acusó a los “medios mentirosos” de alertar de los riesgos sanitarios del evento. “¡Empezamos nuestra campaña! Sois unos guerreros, hay gente mala ahí fuera, pero sois unos guerreros”, dijo el republicano nada más comenzar el discurso. “La mayoría silenciosa es mayor que nunca”.

Esta semana se han cumplido cinco años desde que Trump anunció su primera candidatura a la Casa Blanca y faltan menos de cinco meses para renovar mandato en las presidenciales. El demócrata Joe Biden aventaja a Donald Trump en las encuestas y, aunque la experiencia de 2016 deja claro que la fiabilidad de las encuestas de ámbito nacional a estas alturas de la carrera es limitada, el magnate neoyorquino necesitaba jalear a sus bases tras semanas de distintas polémicas y este tipo de acontecimientos, además, son un filón para las bases de datos de su campaña.

Antes de entrar al pabellón, los voluntarios tomaban la temperatura de los asistentes y entregaban gel sanitario y mascarillas, pero salvo el personal y los periodistas, apenas nadie allí dentro las llevaba. Cubrirse o no se ha convertido en una suerte de declaración de principios para los republicanos más conservadores y libertarios, como la propia celebración de este acto multitudinario en interior pese a los riesgos. Horas antes de comenzar, la campaña informó de que seis miembros del personal en Tulsa habían dado positivo. Trump defendió su “fenomenal trabajo” con la pandemia, por la que han muerto ya casi 120.000 personas en Estados Unidos, con más de 2,2 millones de positivos confirmados.

“Aquí viene la parte mala: cuando expandes las pruebas tanto como nosotros lo hemos hecho, vas a encontrar más gente, más casos, así que le he dicho a mi gente: ‘¡Bajad el ritmo de test por favor!”, a lo que el público respondió con risas. La Casa Blanca aseguró más tarde que el presidente estaba bromeando, como cuando se refirió varias veces a la covid-19 como “virus chino”, insistiendo en el estigma que se trata de evitar en el país donde se originó el brote. “¡Que abran los colegios en septiembre!”, animó.

Aunque fueran menos de los previstos, los miles de trumpistas allí congregados se entregaron ante un Trump especialmente enérgico. Se dirigía a ellos al día siguiente de Juneteenth, el día que se conmemora la liberación de los esclavos en Estados Unidos, hace 155 años, y que este año se convirtió en una gran jornada de reivindicación, aupada por la ola de protestas de las últimas semanas, la mayor en medio siglo.

Sin embargo, pasó de puntillas por el racismo y centró su mensaje en la derivada violenta, especialmente, en el reciente derribo de estatuas. “¡Han tirado la de Thomas Jefferson! ¡Han decapitado una de Colón!”, exclamó, “quieren demoler nuestra herencia y desmantelar a la policía”. “Si ganan los demócratas en noviembre -advirtió-, los alborotadores tendrán el poder, nadie volverá a estar seguro”. Biden, concedió, “no es izquierda radical”, pero aseguró que “está sometido a ella”.

El republicano está replicando la fórmula electoral de “ley y orden” con la que Richard Nixon ganó las elecciones en 1968, también en medio de revueltas sociales. Este sábado también agitó la guerra cultural al hilo de los símbolos nacionales. “Nosotros nunca hincaremos la rodilla en el suelo durante el himno nacional [gesto de protesta] o ante nuestra gran bandera”, enfatizó. Acto seguido, propuso una nueva legislación por la cual “quien queme una bandera estadounidense pase un año de cárcel”, pese a que el Tribunal Supremo determinó en 1989 que hacerlo es un acto protegido por la primera enmienda de la Constitución, que establece el derecho a la libertad de expresión.

Mostró la vena de showman al relatar lo sucedido en su reciente discurso en la academia militar de West Point, cuando las cámaras le captaron tomando un vaso para beber agua con las dos manos, inseguro, y bajando una rampa a pasos muy corto, con temor a caerse. Se explayó durante unos 15 minutos contando que le había tocado saludar a los cadetes 600 veces bajo el sol, que no quería mojarse la corbata y justificó su frágil descenso del escenario por el miedo a resbalar con las suelas de cuero de sus zapatos.

“¿Se imaginan que me caigo delante de las cámaras?”, preguntó. “Le dije: general, no hay manera de que baje esto sin caerme de culo!”, dijo, mientras parodiaba sus extraños pasos de aquel día, para entusiasmo del público. “Después llamé a mi mujer y le dije, ¿qué tal ha salido esto? Y me dijo: ‘Eres trending topic’. Y yo: ‘Ah, he dado un discurso muy bueno’. Y ella me dijo: No, están diciendo que a lo mejor tienes parkinson!”. También parodió sus conversaciones con Angela Merkel sobre la OTAN o sus negociaciones con los ejecutivos de Boeing.

Y así pasaron casi dos horas de discurso. A la salida, Robert Redman, un carpintero que había conducido cuatro horas desde Kansas para verle en persona por primera vez, decía: “Me ha encantado, es completamente real, me llega todo lo que me dice”. Estaba convencido de que en noviembre volvería a ganar. “Aquella noche, en 2016, me fui a dormir deprimido porque todo el mundo decía que Hillary Clinton iba a ganar, cuando desperté, fue increíble”, recuerda. La sombra de la demócrata sigue planeando por los mítines cuatro años después. Antes del discurso de Trump, cuando una de las ponentes previa la mencionó, el estadio coreó al unísono: “¡A la cárcel! ¡A la cárcel!”. Por la noche, al acabar, los manifestantes contra Trump seguían en la calle.

 

Información de: el País

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