DOMINGO DE LEYENDA: LA DAMA ELEGANTE (CHIHUAHUA)

26 enero 2020
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– Una noche de primavera, dicen que era un jueves santo, transitaba un carro de sitio por la avenida Ocampo; regresaba de llevar un pasaje a La Fundición. Era cerca de la medianoche, cuando el chofer vio a una mujer muy bien vestida, parada cerca de la vía del tren, que le hacía señas con un pañuelo en la mano. Acostumbrado a recoger pasaje por donde transitaba, dio un giro sobre la carretera, se acercó y detuvo el vehículo. Ella, sin decir palabra, abordó el asiento trasero y se acomodó con distinción.

-¿A dónde la llevo, señora?
– Tengo que cumplir una manda, necesito visitar siete templos-contestó con voz amable.
– Vamos a la iglesia de San Francisco y de allí me lleva al de Santo Niño.

El conductor, un poco desconcertado, enfiló el carro hacia la población y procedió a cumplir el deseo de la elegante dama. La observó por el espejo retrovisor. No era de facciones propiamente bellas, su cara no tenía nada de particular, pero su atuendo era muy distinguido, llevaba un bonito sombrero blanco y una pequeña sombrilla, pero sobre todo fue por el porte aristocrático de la mujer lo que más impresiono al joven taxista. Noto que con discreción se llevaba el pañuelo a los ojos, pronto se dio cuenta que lloraba en silencio, con sollozos que de vez en cuando afloraban de su pecho.

Llegaron a la iglesia, la dama se bajó del carro y camino por el atrio. El chofer no alcanzaba a comprender cómo iba a entrar al templo a esas horas, pensó que tal vez sería amiga del párroco. Al poco rato a bordo de nuevo el vehículo y se fueron hacia el Santo Niño. Regresaron al centro, a la catedral, y luego se trasladaron a la capilla de Ntra. Sra. De Lourdes. Allí el joven taxista pretendió seguirla, bajo del coche y fue tras ella, escondiéndose entre los cipreses, pero ella se esfumó a media escalinata. El hombre sintió un escalofrió y opto por regresar al taxi. Al poco rato apareció la dama y se acomodo en el asiento; un discreto olor a nardos invadió el interior del vehículo. El cochero la miro a los ojos pero ella esquivo la mirada y le pidió que la llevara al Santuario de Ntra. Sra. De Guadalupe. Más tarde fueron al templo de santa Rita y finalmente al Sagrado Corazón que estaba en construcción.

Se dice que durante el largo recorrido la elegante dama no cesaba de llorar con un llanto contenido, que impresionó profundamente al chofer. Al regresar de su visita al séptimo templo, el conductor le preguntó:
-¿Quiere ir a algún otro sitio?
– No es suficiente. Era una deuda que tenía que saldar, ofrecí hacer la visita de las siete casas si sanaba de una grave enfermedad. Por favor lléveme ahora al panteón de dolores.

El fatigado piloto sintió miedo cuando ella le mencionó el destino, por demás extraño. Sin embargo, acostumbrado a recorrer por la noche los rumbos más insólitos de la ciudad con pasajeros de todas las clases sociales, se aboco a cumplir las instrucciones. Le intrigaba el deseo de la señora de dirigirse al panteón a tan altas horas de la noche, un lugar totalmente desolado en las afueras de la ciudad. No alcanzaba a imaginar donde vivía su extraña pasajera. Pensó que se alojaría en la casa del administrador del panteón, sin embargo no se atrevió a preguntar a pesar de que su piadosa cliente había dejado de llorar y se mostraba más tranquila. Llegaron a la puerta principal, el taxista detuvo el automóvil y, volviéndose hacia ella, le dijo:

– Son 50 pesos.
– Le voy a pedir un favor – contestó la dama con voz serena-. Olvide el monedero y mañana salgo fuera de la ciudad; vaya a mi casa y explíquele a quien le abra la puerta el servicio que me ha hecho, allí le pagaran la cuenta. Le dejo este anillo en prenda- dijo mientras sacaba del anular derecho una argolla de matrimonio-, entrégueselo a quien lo atienda.
– -¿cuál es su nombre?, ¿su dirección?

Ella le dio los datos y sin decir más bajo del auto. Camino hacia la reja del panteón, la abrió, cruzó el dintel, cerró y se perdió en la oscuridad. El joven, sentado al volante, observó la escena sin mover el carro. Se quedó estupefacto por unos minutos, incapaz de creer lo que había sucedido. Todo fue tan sorpresivo y absurdo que sólo entonces se percato de que aquello parecía surgido de un sueño. Le invadió un miedo extraño que le paralizó por un momento; finalmente pudo arrancar el vehículo, le temblaban las piernas.
Al día siguiente se presentó en el domicilio que le dio la dama. La casa donde toco el timbre era de una familia de la alta sociedad chihuahuense de aquellos años. Una joven con uniforme de servicio doméstico salió a la puerta: -¿que se le ofrece?- preguntó en tono educado.

– Anoche transporte a una señora a varias iglesias de la ciudad y me dijo que pasara a cobrar aquí la cuenta, me dejó en prenda este anillo.- alargó la mano y le entregó a la muchacha un papel donde había anotado el nombre con la dirección, así como la argolla matrimonial. La camarera se puso pálida como un lirio y sin decir palabra se fue hacia la casa, llevando en el puño cerrado la prenda y el papel. Poco después salió un hombre joven que con voz agitada preguntó al visitante:

– ¿donde consiguió la argolla de matrimonio de mi madre?
– Ya le explique a la Señorita que anoche la lleve a varios templos y me dijo que pasara aquí a cobrar, me dejo la sortija para que se la entregara a usted a cambio del pago de los 50 pesos del servicio.

El joven, con la cara descompuesta por la angustia y con lágrimas en los ojos, dijo con voz trémula:
– Mi madre murió hace más de un año de un mal incurable.
El taxista se quedó inmóvil por un momento sin decir palabra y finalmente se desplomó en el quicio de la puerta, víctima de un síncope cardiaco.

 

 

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