Las plantas olvidadas, leyendas y recetas curiosas

16 noviembre 2019
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Todo empieza con una sopa de letras y dos membrilleros. La primera consigna: encontrar 15 nombres de plantas. Es el desafío que Aina S. Erice (Palma de Mallorca, 34 años), autora de El Libro de las plantas olvidadas (Ariel, Grupo Planeta, 2019), propone a su lector nada más abrir las primeras páginas de su obra. El libro grueso y rígido parece un diccionario, o más bien un catálogo ilustrado de todas las plantas escondidas que ya no forman parte del día a día del ser humano, que permanecen aprisionadas en las vías de un tren o en la oscuridad del asfalto. La bióloga y divulgadora quiso devolver la luz a estas plantas escondidas cuando vio morir a dos membrilleros en su pequeño huerto favorito y a una multitud de niños de primaria confundir un ciprés con un pino.

Una avenida de cipreses en Mérida (Extremadura). AINA S.ERICE

El mayor problema que destaca la científica es la “ceguera verde” en la cual la humanidad se hunde. En una fotografía o en una selva, la vegetación es información de fondo a la que el espectador no presta atención. Se interesará antes por el tigre e incluso por la pequeña araña encima de la hoja. La planta, como no actúa, no se nota. “La cultura de la naturaleza está desapareciendo. Hoy nos interesa más saber cómo funciona Instagram que la historia de un membrillero”, cuenta Erice con una carcajada. Sin embargo, su obra demuestra que las plantas sí que actúan. Muchas de ellas tienen efectos sobre el ser humano, dotes dignos de hada madrina y una historia recién salida de un cuento.

Algunas recetas metafóricas

Para la autora, una de las plantas más curiosas es la alholva. Su tallo no mide más de 60 centímetros y tiene flores pálidas o amarillentas. Como buena legumbre se utiliza para dar textura a los guisos y puede añadirse en la masa para panificar. Una de sus propiedades más estudiadas es su capacidad para regular los niveles de glucosa en sangre para personas con diabetes. Pero su magia no se termina aquí. Según cuenta la investigadora, las mujeres encerradas en los harenes comían simiente de la planta para aumentar la talla de sus senos. Erice explica que existen relatos sobre sus supuestos efectos, pero ninguna prueba científica lo respalda.

La cultura de la naturaleza está desapareciendo. Hoy nos interesa más saber cómo funciona Instagram que la historia de un membrillero

La relación entre la humanidad y las plantas es lo que fascina a la científica y una de las razones por las que ha dedicado su carrera a la vegetación. “Me di cuenta de que, sin naturaleza, no había historia ni poesía. El reino vegetal es una maravillosa inspiración y fuente de preciosas metáforas”, explica. Los membrilleros también han demostrado tener un don curioso y una estrecha relación con el ser humano. Aparte de combatir la diarrea, dar brillo y textura a los tejidos y ser un gel fijador para el cabello, son el símbolo del amor, del vínculo conyugal y de fertilidad. En el siglo I, Plutarco contaba que Solón, poeta y legislador ateniense, pedía que, antes de recibir su esposo la primera noche de bodas, las mujeres mordisqueasen un membrillo para perfumar su aliento y sus palabras. Otra planta a la que la que se le atribuyen indemostradas creencias populares es la ortiga, la planta conocida por producir un gran escozor apenas se roza. En Jaén se aconsejaba frotar los genitales masculinos con la planta o comer sus semillas para levantar los ánimos sexuales.

Curiosidades útiles o comestibles

Las chirivías, junto con la grama, el lúpulo y otras plantas, son buenas candidatas para elaborar bebidas fermentadas, desde cervezas de raíz (en Irlanda) hasta vinos (en el Reino-Unido y América). Los niveles de azúcar del vegetal aumentan con la exposición de la raíz al frío, ya sea en el huerto o en la despensa. En oposición a este aspecto tan tangible, en Inglaterra existía la creencia de que «las chirivías viejas causaban delirio y hasta locura» y que las gramas eran un símbolo de inmortalidad.

Unos caquis en el huerto de un pueblo de Valldemossa (Mallorca, Baleares). AINA S.ERICE

El jugo de caqui ha servido durante siglos para impermeabilizar bolsas, sombreros, abanicos, paraguas y sombrillas. Aparte de ser comestible, es un agente antiarrugas y blanquea la piel. “En Japón se dice que, si plantas un árbol de caqui en tu jardín, te volverás rico o que, si tenías un abanico de papel tratado con este jugo, serías capaz de ahuyentar al dios de la pobreza”, cuenta la obra, entre otras historias mágicas.

Las collejas no son solo un golpe en la nuca con la palma de la mano sino también un “manjar de exquisito sabor”. Es una planta de 80 centímetros de altura de una tonalidad azulada que se considera “mala hierba”. Erice propone múltiples recetas a base de collejas. La científica asegura que se toman en ensalada, cocidos, sopas, tortilla, croquetas y revueltos. Al final de su ficha, elige detallar una receta curiosa: los fideos de colleja.

Una recolección ética

Hay que determinar con claridad el uso que se hace de las plantas y la relación que se mantiene con ellas. Para Erice hace falta maximizar los beneficios mutuos y establecer una relación de colaboración. “Hay que preocuparse por ella y asegurarse que pueda regenerarse para que no siga desapareciendo de nuestra vista”. La científica sostiene que es importante el ritmo que se emplea para manejar la naturaleza y sobre todo qué parte se utiliza. “Hay que hacer una recolección ética” explica. En definitiva, la obra es una invitación para que la gente sepa lo que le rodea, qué plantas hay en la esquina de su barrio y cómo recuperar lo olvidado.

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