La historia de ‘Montsy’ y Freddie

7 octubre 2018
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Se le plantó él de improviso en el entonces Hotel Ritz de Barcelona con su productor, Mike Moran, y un potente equipo de música y, ante el piano, se puso a cantar Exercises in Free Love, haciendo él, en falsete, las partes que le corresponderían a ella, si aceptaba. Era a principios de 1987 y así se conocieron personalmente Freddie Mercury y Montserrat Caballé. Y ahí nació el embrión de la que sería una de las mejores iconografías tanto de la música contemporánea como de la idea de modernidad clásica que quiso vender la Barcelona olímpica de 1992: el histriónico rockero y la sobria diva cantando juntos el himno popular Barcelona, epítome sonoro del evento.

Mercury estaba musicalmente loco y obsesionado con ella desde que la viera cantar en 1983 en la Royal Opera House de Londres, en una representación de Un ballo in Maschera, de Verdi. Por la vía de los representantes el británico no paraba de hacerle llegar su interés en conocerla y poder cantar algún día juntos. En público, no se cansaba de repetir que su intérprete preferida era “Montsy”, en la particular pronunciación del cantante. Ese Exercises in Free Love (que acabaría siendo el tema Ensueño) fue el pasaporte. A Caballé le gustó ese personaje que, contrariamente a lo que aparentaba, vendía su voz en vez de su imagen. “Cuando se puso al piano a improvisar, me di cuenta de que estaba ante un músico de verdad”. El impacto fue tal que acordaron verse de nuevo, ya en Londres, en casa del propio vocalista de Queen, para hacer una maqueta.

Con letra y música creadas por Mercury y Mike Habiten surgió Barcelona. Seguramente no del todo casual: la soprano tenía el deseo y encargo del alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, de que interpretara alguna pieza en la ceremonia inaugural de los Juegos, quizá el himno. Maragall ya había hecho participar a Caballé en un acto en Lausanne para la candidatura de la ciudad ante el COI, pocos meses antes de la nominación. Con el tiempo, fue el propio hermano de la cantante, Carles, según la propia soprano, quien sugirió la idea de que cantarán juntos ella y el líder de Queen.

Aquella jornada en Londres estuvieron hasta las seis de la mañana para hacer la maqueta. Huelga decir que encandiló tanto al alcalde como a los miembros del Comité Olímpico Español. Pero el milagro de la excelencia musical era más humano que técnico. Como diría después Mercury, efectivamente les preocupaba que las voces y registros antagónicos “pudieran acoplarse”, pero no fue nada complicado por “el sentimiento que surgió”, según admitiría ella años después. Caballé, de carácter fuerte, pero muy humana, quedó prendada de la “personalidad sencilla” de una estrella como Mercury, “nada que ver cuando salía al escenario cantando con Queen”. También la sacudió (y les unió) la mirada religiosa, a pesar de que el cantante seguía el culto zoroástrico: “Yo soy creyente y él hablaba de Dios y me decía: ‘No importa qué camino y qué nombres toma, pero Dios solo hay uno’, y yo estaba de acuerdo”, rememoró años después.

Solo esa química personal entre ambos explica que lo que iba a ser una canción, que en 1987 ya ocupó el octavo puesto en el ranking de los hits en Gran Bretaña, se convirtiera en el proyecto de un disco, trabajo que se alargó durante más de año y medio, torpedeado por las agendas artísticas de ambos y, sobre todo, por la enfermedad del sida que desarrolló Mercury. “Me lo dijo. Entonces tuvimos la oportunidad de crear canciones en las que todas tienen significado… Me emocionó porque estábamos haciendo algo muy especial y eso no pasa a menudo; no siempre tienes la suerte de cantar con alguien que se va, que lo sabe, y estar interpretando con él su último adiós”, evocó en una entrevista a la agencia Efe hace unos años.

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Monserrat Caballé y Freddie Mercury, en 1989. / CORDON PRESS

Caballé guardó silencio sobre la enfermedad de Mercury, algo que los unió más estrechamente y que no impidió que actuaran juntos en diversas ocasiones, en especial una recordada actuación promocional para la España de 1992 que tuvo lugar en la discoteca Ku de Ibiza en mayo de 1987. Mercury falleció ocho meses antes de la inauguración de los Juegos, por lo que la interpretación juntos, a pesar de la imagen que ha quedado en el imaginario colectivo, no fue posible. Fue entonces cuando se buscó otra canción y la organización se decantó por Amigos para siempre que cantó Josep Carreras.

Pero Barcelona, primera canción del álbum homónimo, quedó: la cláusula impuesta por el Consistorio barcelonés de que las conexiones con las televisiones de todo el mundo para las retransmisiones tenían que ser con Barcelona ayudaron, por ejemplo, a que la canción, ese 1992, se colocara segunda en el ranking musical británico. Cuestiones artísticas aparte (de alguna manera, Caballé fue pionera en la popularización de las incursiones de los cantantes de ópera en el género del rock y su puesta en escena), la inimaginable pero dulcemente chocante química entre Montsy y Freddie (“gracias a mí se ha convertido ahora en una rockera”, bromeaba él) hizo el resto. Tanto, que el inglés quiso que la canción sonara en su entierro.

Información de: el País

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