Un códice salvado por el color azul

7 octubre 2018
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Cuarenta años después se confirma su veracidad: el Códice Maya de México es auténtico. Se dijo que era feo, que carecía de estilo y que no era más que una copia del siglo XX. Este mes, tras una investigación de año y medio cuya clave han sido los rastros de color azul, el códice ha salido del armario como lo que es: no solo un incunable, sino también como el manuscrito legible más antiguo del continente americano. Y sale a lo grande. Durante el mes de octubre estará expuesto en el Museo Nacional de Antropología e Historia (MNAH), el templo mayor de la arqueología mexicana.

“El Códice Maya de México es auténtico”, sentenció Diego Prieto Hernández, director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), al inicio de un simposio dedicado al manuscrito a principios de septiembre. Concretamente, una autenticidad de casi mil años: los 10 folios de dibujos sobre corteza de amate que narran el movimiento de Venus datan de un periodo que va del 1021 al 1154, según el método de estudio del radiocarbono.

El análisis de colores practicado durante la reciente investigación fue clave, al concluir que se habían utilizado materiales de la época: una combinación de arcilla y cochinilla, un insecto que vive en el nopal, para el rojo; el mineral paligorskita, el índigo, para el azul. La presencia de paligorskita fue particularmente importante, ya que se dejó de utilizar para fabricar el azul a partir del siglo XVII. Quedaba, por tanto, descartada la teoría de que se trataba de una copia del siglo XX.

El calendario que plantea el códice también ha resultado esencial. El movimiento de Venus plasmado en el papel coincide con la horquilla temporal señalada por el método del radiocarbono. Es decir, que la danza planetaria descrita coincide con la antigüedad del papel.

Con este descubrimiento se zanja uno de los debates más vetustos de la arqueología americana: es auténtico, el más antiguo de los cuatro códices mayas que existen en el mundo (los otros tres son los Códices de París, Dresde y Madrid, llamados así por las ciudades donde se conservan).

La historia del manuscrito empezó con misterio. En 1964 el coleccionista de antigüedades Josué Sáenz recibió una llamada de un individuo que aseguraba haber heredado algunos libros con dibujos antiguos. A la llamada le siguió un romántico viaje en avioneta hasta la selva de Chiapas, en el sur de México, donde el códice le fue vendido junto con otros artefactos supuestamente mayas.

El saqueo de arte prehispánico era común en aquella época. Uno de los casos más espectaculares fue el robo en 1968 de la fachada de un templo maya. Un grupo de saqueadores la arrancó, troceó en 48 pedazos y envió en avión al Museo Metropolitano de Nueva York. Antes, se la habían ofrecido a Josué Sáenz, dueño del códice maya, pero éste rechazó el ofrecimiento. En Nueva York, uno de los directivos de la institución se negó, escandalizado, a hacer efectiva la compra de la fachada. El MNAH consiguió entonces que fuera devuelta a México.

El Códice Maya de México vivió un viaje de ida y vuelta parecido. En 1971 entró en contacto con las altas esferas neoyorquinas. Fue expuesto en el Club Grolier; de allí que, en un principio, se bautizara como Códice Grolier. “Es una verdadera patata caliente”, declaró en aquella ocasión Michael D. Coe, antropólogo de la Universidad de Yale y un temprano defensor del manuscrito. “Muchos de mis compañeros rechazarán la autenticidad antes de siquiera verlo, pero apostaré mi reputación profesional a que lo es”.

Como bien anticipó el doctor Coe, no toda la comunidad académica creería en su autenticidad. Además de haber sido descubierto en circunstancias extrañas, los detractores señalaron que su diseño era demasiado sencillo: un patito feo, comparado con los otros tres códices supervivientes, de dibujo más sofisticado y colorido.

El arqueólogo británico Eric S. Thompson, una de las principales eminencias de la época en este campo, sostuvo que se trataba de dibujos contemporáneos, hechos sobre papel arqueológico.“Los dibujos esquemáticos resultaban muy extraños comparados con la naturalidad del periodo clásico maya”, explica Sofía Martínez del Campo, una de las coordinadoras del proyecto que ha probado de manera definitiva su autenticidad.

En 1974, Sáenz donó el cuestionado códice al MNAH, que lo guardó en la cámara de seguridad, y, a partir de entonces, se sucedieron los estudios. ¿Por qué se tarda tanto en probar que es verdadero? “Es el códice más estudiado hasta la fecha”, dice Baltazar Brito, historiador de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia y otro de los coordinadores del equipo. “Pero ningún estudio había utilizado tecnología tan moderna ni había sido tan completo”.

En el último año y medio de investigación, un equipo formado, entre otros, por arqueólogos, historiadores y especialistas en epigrafía maya, le ha practicado una decena pruebas. “Al iniciarse el proyecto, los investigadores guardamos un cierto escepticismo por todos los prejuicios creados durante años”, reconoce Martínez del Campo.

Probada su autenticidad, el códice merecía un nuevo nombre. “Grolier no nos dice mucho identitariamente; no nos es cercano”, explica Brito, uno de los encargados de rebautizarlo. El nuevo nombre, en cambio, afirma a bombo y platillo cuáles son los orígenes del manuscrito. Mexicano es y en México se queda. Después del mes de exposición en el MNAH, el manuscrito pasará a la cámara de seguridad de la Biblioteca Nacional y es poco probable que se vuelva a exponer al público debido a su fragilidad. Regresará, por tanto, al armario pero, esta vez, con etiqueta de Made in Mexico.

Información de: El País

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