María Reiche, la guardiana del misterio del desierto de Nazca

15 mayo 2018
Visto: 253 veces

1526369835_486038_1526371641_noticia_normal_recorte1

 María Reiche se enamoró de la nada del desierto y en él dio su vida. A él dedicó su existencia en solitario: a investigar, elucubrar, descubrir, limpiar, cuidar y conservar algo que pasó de misterio indescifrable y desconocido por la mayoría a atracción turística demasiado visitada. En la inmensidad de la llanura peruana había unas líneas geométricas imposibles de entender y a las que la científica alemana se empeñó en dotar de significado.

Sentada en una escalera de mano y con cinta métrica, una brújula, una escoba, una libreta de mano y su mente matemática, María Reiche midió casi 50 figuras y mil de estas líneas e investigó su orientación astronómica. Descubrió que muchas de las bautizadas como Líneas de Nazca guardan relación con el solsticio de verano y elaboró teorías sobre el significado de las figuras como calendario astronómico. Llegó a la conclusión de que estaban destinadas a fijar los ciclos y los cambios climáticos en las sociedades agrarias de la civilización nazca. Hoy, sin embargo, y a pesar del debate aún existente, la creencia mayoritaria indica que las líneas tuvieron un propósito más ceremonial y cultural que científico.

El resumen numérico de la matemática María Reiche indica que, al realizar el mapa del área investigada con la ayuda de la Fuerza Aérea Peruana (450 kilómetros cuadrados) descubrió que las figuras representan 18 diferentes tipos de animales y aves, además de cientos de figuras y formas geométricas.

María Reiche nació en Dresden el 15 de mayo, del año 1903. Fue la mayor de tres hermanos y, tras una infancia feliz, pudo estudiar matemáticas, física y geografía en la Universidad Técnica de Dresde y Hamburgo, en la que se graduó en 1928.

Su ilusión por vivir fuera de su país durante un tiempo la llevó en 1932 a aceptar un puesto como tutora privada de los hijos del cónsul de Alemania en Cuzco, Perú. Antes de que expirara el periodo de cuatro años del contrato, viajó a la capital, Lima, donde trabajó como profesora de inglés y alemán y traduciendo textos, antes de conseguir en la capital un puesto como restauradora de textiles precolombinos en el Museo Nacional de Perú.

Estos dos últimos hechos, las traducciones y el trabajo de restauradora, le cambiaron la vida y despertaron en la joven María Reiche el interés por la arqueología peruana al realizar traducciones para Julio C. Tello y, posteriormente, para Paul Kosok. En uno de los artículos que tradujo al arqueólogo Kosok conoció la existencia de gigantescas líneas y figuras, ubicadas en una llanura entre Nazca y Palpa, que abarcaban un área de 450 kilómetros cuadrados desde el litoral hasta las estribaciones de la cordillera.

Viajó allí por primera vez en diciembre de 1941. Casi recién graduada en la Universidad de Hamburgo, el arqueólogo estadounidense Paul Kosok la invitó a ser su asistente de trabajo y a observar aquellas figuras que solo podían verse en su totalidad desde el aire. Tras aquella primera visita, la joven alemana se enamoró del lugar, y si bien lo abandonó poco tiempo después por las restricciones de la guerra, volvió de nuevo en 1945 y ya no abandonaría el desierto hasta su muerte; de hecho, Kosok dejó Perú en 1948, pero María Reiche, sola, continuó con las investigaciones y los mapas sobre las figuras de Nazca.

En las llanuras de Jumana y San José, entre las actuales poblaciones de Nazca y Palpa, es donde más figuras de gran tamaño se han contabilizado: en concreto, 70 figuras de enormes dimensiones y más de 10.000 líneas. María Reiche bautizó lo que vio en una obra que publicó en 1968 como “misterio del desierto”, y es algo que sigue atrayendo hasta ese terreno árido y hostil a miles de curiosos, investigadores y estudiosos.

Al principio, los habitantes de aquellas poblaciones miraban a Maria Reiche con desconfianza y hasta de manera agresiva la calificaban de “bruja”, ya que caminaba por la arena sola, limpiando algunos tramos, tomando medidas de otros y siempre realizando cálculos.

En 1949 María Reiche publicó su primer artículo sobre las líneas de Nazca: ‘Mistery on the desert. A study of the ancient figures and strange delineated surface’ (Misterio en el desierto. Un estudio de las figuras antiguas y la extraña superficie delineada). Gracias a sus investigaciones, que se prolongaron durante varias décadas, ahora disponemos de cientos de mapas, planos y fotografías de los diseños y figuras que pueblan aquella gran extensión.

El misterioso lugar fue poco a poco ganando fama y también visitantes, que llegaron a poner en serio peligro su conservación, con la lógica preocupación de la científica alemana, única guardiana de la zona y que apenas tenía una escalera de mano como torre de control y una escoba que igual le servía para limpiar el terreno que para ahuyentar a los pesados e incivilizados visitantes. Sin embargo, gracias a la colaboración del denominado en aquella época Fondo de Promoción Turística y a la ayuda de su hermana Renate se pudo construir un mirador, y la inversión privada también permitió que un pequeño aeropuerto, con un reducido servicio de avionetas, pudiera sobrevolar el área. De esta forma, María Reiche pudo pagar a vigilantes para evitar a los visitantes que llegaban con intención de esquilmar el terreno.

Las líneas y figuras que llenan la llanura peruana datan de la época que va desde el año 200 a. C. hasta el 700 d. C., periodo en el que habitó la cultura Nazca. Allí se desarrolló, como en otras partes de América, una civilización que, por un lado sabía sacar partido a los recursos naturales y, por otro, rendía culto a las divinidades con enormes y complicadas construcciones arquitectónicas.

Según la teoría de María Reiche, los habitantes de Nazca utilizaron esas figuras como sistema astronómico, calendario de lluvias y planificación de cosechas. Por ejemplo, al estudiar la figura de la parihuana o flamenco (que ocupa una superficie de 300 metros), Reiche descubrió que si “nos paramos en su cabeza en las mañanas del 20 al 23 de junio y seguimos con nuestra mirada la dirección del pico, podremos observar claramente la salida del sol, exactamente en un punto de un cerro ubicado en esa dirección”.

Aunque hasta la década de los 80 del pasado siglo la teoría de María Reiche fue la hipótesis más aceptada sobre las figuras de Nazca, posteriores investigaciones apuntan a que los geoglifos son manifestaciones de una tradición de organización social, así como de prácticas religiosas y conceptos culturales que desaparecieron debido a la desertización de la zona, aunque las figuras han llegado hasta nuestros días gracias a las condiciones climáticas especiales que se dan allí.

En los dibujos del desierto destacan las representaciones de grandes animales como aves, colibríes, grullas, loros, garzas, además de un mono, un caracol, un lagarto, una araña… aunque sin duda las figuras que más se repiten son líneas rectas, espirales y otras geométricas. Se da la circunstancia de que casi todas las figuras de animales están dibujadas por un único trazo, por lo que se pueden recorrer de un lado a otro sin cruzarse con ninguna otra línea, lo que hace suponer que, en algún momento, dejaron de ser simples imágenes para convertirse en caminos para procesiones ceremoniales.

Pero más allá de su uso, la cuestión que más intriga e interrogantes ha despertado porque continúa siendo difícil de explicar es cómo los antiguos moradores de la pampa peruana realizaron los geoglifos a una escala tal que solo se puedan apreciar en su totalidad desde el aire. Ese enigma es el que también ha dado lugar a teorías extraterrestres que no han logrado otra cosa que aumentar el número de visitantes a pesar de su carencia científica.

Una de las tareas más importantes de María Reiche fue precisamente medir, con los pocos recursos y los medios rudimentarios que tenía, una gran cantidad de geoglifos y crear así el primer mapa sobre las figuras de Nazca en 1974. Una de las primeras figuras que descifró fue también una de las más conocidas: un mono con una cola enroscada en espiral. Según su teoría, esa figura debía de ser la representación de la unión de las constelaciones que conocemos como la Osa Mayor con otras estrellas cercanas a esta.

Durante las décadas que vivió en La Pampa, ‘la mujer que barría el desierto’, como la apodaron los habitantes de Nazca, se mudó a una choza para poder estar lo más cerca posible del campo de estudio. Jamás dejó su trabajo, aunque le llevó tiempo descubrir su vocación, tal y como le aventuró por carta a su madre tras acabar su primer trabajo como tutora de los hijos del cónsul alemán en Cuzco: “Es posible que viva algunos años más en el completo anonimato, hasta que el destino me considere digna de asignarme la tarea que ha determinado para mí, aquella tarea para la cual he nacido (…) yo creo que se trata de un trabajo específico para el cual me estoy preparando inconscientemente, formándome y aprendiendo”.

Su tesón y perseverante labor de investigación le valieron numerosas distinciones en vida, tales como la Medalla de Honor del Congreso de Perú en 1981; las Palmas Magisteriales en el grado de Amauta y la Medalla Cívica de la Ciudad de Lima, ambas en 1986; el doctorado honoris causa concedido por las universidades nacionales de Trujillo (1983), San Marcos (1986) e Ingeniería (1989). Además, en 1992 el Gobierno le concedió el título de Ciudadana Honoraria de Perú, oficializado con su nacionalización definitiva al año siguiente.

En diciembre de 1994, gracias a sus esfuerzos y gestiones, la Unesco acordó otorgar a las Líneas de Nazca la categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad. En los últimos años de su vida, debido a su delicado estado de salud, ciega y con parkinson, María Reiche ocupó una habitación en el hotel de turistas de Nazca, siendo asistida por su hermana Renata.

Cuando tenía 95 años de edad, el 8 de junio de 1998, María Reiche falleció en Lima víctima de un cáncer. Un mes antes la Unesco le había condecorado con la Medalla Machu Picchu. A título póstumo, el gobierno peruano le otorgó la Orden al Mérito por Servicios Distinguidos en el Grado de Gran Cruz. El funeral tuvo lugar el 10 de junio en el Museo Nacional de Lima y María Reiche fue enterrada en Nazca, donde vivió durante más de 25 años en una choza sin agua ni electricidad y donde hoy hay un museo en su honor, además de que el aeropuerto de Nazca, como homenaje, también lleva su nombre.

Un mes después de su fallecimiento fue inaugurado en Lima el parque María Reiche, ubicado en el malecón de La Marina, con una extensión de 28.000 metros cuadrados y donde pueden apreciarse las figuras de Nazca trabajadas a escala pero realizadas con flores para recordar a la ‘guardiana del desierto’ que, con su trabajo diario durante décadas, se convirtió en la ‘dama de las Líneas de Nazca’.

Información de: El País

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *