La preocupación por el bienestar de niños y adolescentes ha crecido tras la publicación de «The Anxious Generation», donde se expone evidencia sobre riesgos de depresión, acoso y daño psicológico entre los usuarios jóvenes de plataformas digitales.
El fenómeno mundial que ha provocado Jonathan Haidt con su cruzada contra las redes sociales parece desafiar cualquier predicción. Tras la publicación de “The Anxious Generation”, que pronto se integró a la lista de superventas y captó la atención de gobiernos y reguladores globales, Haidt ha dedicado su vida pública a una causa que supera el mero interés académico: demostrar que la exposición masiva de los jóvenes a las plataformas digitales constituye un daño cuantificable y generalizado.
“Cuando mi libro salió, pensé que el principal problema era la salud mental”, reconoció Haidt a The New York Times, desmarcándose de la mera correlación muchas veces esgrimida por la industria tecnológica como defensa.
La disputa central gira en torno a un argumento repetido por ejecutivos del sector: que la relación entre el uso de redes y el empeoramiento de la salud mental en jóvenes sería solamente correlacional, y no causal.

Haidt rechaza de plano esa postura, tras revisar tanto su propia investigación como documentos internos de las tecnológicas. “Bueno, ¿adivina qué? Hay una cantidad enorme de evidencia de causalidad, y Meta realizó algunos de los mejores estudios que lo demuestran”, afirmó Haidt al medio.
Añadió que no solo padres, profesores y alumnos describen el mismo fenómeno, sino que “los experimentos con asignación aleatoria muestran que, cuando dejas las redes sociales al menos una semana, la depresión disminuye”.
Las cifras más contundentes provienen directamente de estudios internos efectuados por Meta. El filtrador Arturo Béjar dio a conocer el marco de experiencias negativas recabadas por la compañía, con resultados difícilmente refutables.
“Descubrieron que los niños reciben tasas muy altas de acoso sexual, alrededor del 15 % cada semana”, explicó Haidt a The New York Times. La prevalencia de extorsión sexual —sextorsión— sobresale entre los riesgos: “Si los chicos están en redes sociales, pueden ser víctimas de sextorsión. Si no lo están, realmente no pueden. Los jóvenes extorsionados sufren una profunda vergüenza y algunos llegan al suicidio”, reveló.
Además del impacto en depresión y ansiedad, los menores se ven sometidos a acoso, violencia y exposición a pornografía extrema.
Haidt sostiene que el entramado de riesgos no responde a un solo mecanismo, sino al entorno digital completo, donde se multiplican los estímulos dañinos.
Señala que el discurso clásico se centraba en la comparación social como fuente de malestar, en especial entre adolescentes mujeres, pero que su comprensión del fenómeno se amplió: “Al final del libro —y especialmente desde su publicación— entendí que es todo el ambiente. Son todos los anzuelos lanzados frente a los niños: pornografía, apuestas, consumo de vapeadores y hasta inversión en criptomonedas gamificada”, reconoció.
Ante el desafío metodológico de probar impactos históricos a escala de toda una generación, Haidt ha optado por separar dos debates diferentes: el del impacto poblacional en la salud mental y el de la seguridad del producto.
“No puedo afirmar con certeza que las redes sociales causaron el gran aumento de problemas tras 2012. Pero estoy 99,9 % seguro de que las redes sociales están dañando a millones de menores”, dijo. Enfatizó que existen “siete líneas de evidencia”independientes —testimonios de niños, de educadores, experimentos y datos internos— que apuntan inequívocamente en la misma dirección.
Las responsabilidades, según su análisis, recaen principalmente en las compañías tecnológicas. Haidt rechaza culpar a padres o maestros por una dinámica que, considera, los atrapó colectivamente. “La clave es que esto es una serie de trampas de acción colectiva. Todos sentimos que debemos ceder, porque los demás también lo hacen. Como psicólogo social, veo que si todos en una situación hacen algo mal, entonces la situación es el problema. Así que no culpo a padres ni docentes, culpo a las empresas”, enfatizó Haidt a The New York Times.
En cuanto a soluciones, recalca la necesidad de normas concretas: postergar el acceso a teléfonos inteligentes hasta el ingreso a la secundaria, prohibir redes sociales antes de los 16 años, escuelas libres de teléfonos y un retorno a la independencia y el juego real en la infancia.
“He propuesto estas cuatro normas y la gente ya las está adoptando en países donde ni siquiera he estado”, afirmó Haidt, resaltando la rápida respuesta social y política en múltiples latitudes.
La influencia de Haidt ha llegado directamente a líderes mundiales. Una de las experiencias que más lo sorprendieron fue su encuentro con el presidente francés. “Estuve con Macron y le mostré los datos. Cuando terminamos, me dijo: ‘Actuaremos’. Y realmente lo ha hecho; está impulsando estas medidas no solo en Francia, sino para toda la Unión Europea”, contó Haidt, ilustrando la tracción política de su mensaje.
En escenarios donde los Estados reguladores no logran actuar con la velocidad necesaria, Haidt considera que los litigios judiciales cumplen una función insustituible. “Estas compañías nunca han enfrentado un jurado. Nadie las ha hecho responsables de lo que les han hecho a sus hijos. Así que estos abogados que abren demandas colectivas, para mí, son héroes”, declaró.
Aunque su lucha está enfocada principalmente en los niños y adolescentes, Haidt reconoce que la crisis por el uso abusivo de la tecnología afecta también a los adultos, incluso a quienes desarrollan los productos digitales.
“Todos los adultos estamos abrumados. Yo estoy abrumado. Ya no puedo leer libros; hay demasiados estímulos. No me interesa legislar para los adultos, pero no quiero que las empresas arrastren a mis hijos a espacios tóxicos sin mi consentimiento”, subrayó.
El caso australiano sirve ahora de laboratorio mundial: Meta suspendió más de 550 mil cuentas de adolescentes tras la entrada en vigencia de una ley que prohíbe redes sociales en menores de 16 años.
Haidt cree que, si la prohibición se implementa con éxito y la tasa de usuarios infantiles cae por debajo del 20 %, “veremos beneficios a largo plazo. Si los australianos logran restaurar una infancia basada en el juego, veremos grandes mejoras en la salud mental”, anticipó a The New York Times. Sin embargo, advierte que solo tras varios años se reflejarán cambios en los indicadores nacionales.
Por último, Haidt matiza que, aunque internet en general puede abrir horizontes para los jóvenes, distingue con claridad entre medios sociales y el resto de la web.
“Hay que separar internet de las redes sociales. Internet fue maravillosa; permitió a jóvenes LGBTIQ en áreas rurales encontrar información y comunidad. Pero no necesitamos plataformas que les ordenen el contenido con algoritmos que priorizan lo más extremo”, explicó, restando valor a la idea de que retirar el acceso a Instagram, por ejemplo, suponga una pérdida real para los niños.
La batalla, advierte Haidt, es solo el inicio ante amenazas emergentes como los acompañantes de inteligencia artificial. Actuar sobre las redes sociales es, en su opinión, el primer gran examen para la responsabilidad colectiva digital.
“Si no logramos consenso en que esto es dañino y los gobiernos deben hacer algo, entonces directamente hay que renunciar ante la IA. Pero estamos ganando en el caso de las redes sociales, y los gobiernos comienzan a despertar a su obligación de proteger a los chicos”, sentenció Haidt a The New York Times.
Información de: Infobae





