AVISO DE CURVA Rubén Olvera

20 febrero 2026
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Gobernar: un arte olvidado

Revisando información sobre antiguas formas de gobierno, me encontré con unas palabras que me resultaron familiares, como si las hubiera leído en el periódico de esa mañana: “Sueño con un país en donde nadie tenga miedo de caminar por las calles oscuras, donde las espinas no dañen los pies de los que caminan y donde la gente no se acueste con hambre”.

Creí que pertenecían a algún político latinoamericano, pronunciando un discurso sobre seguridad, libertad y desarrollo tras una ola de violencia o del avance de la pobreza en su país. Pero no es así. En realidad, fueron grabadas en un cilindro de arcilla hace más de cuatro mil años. Su autor es Urukagina, rey de Lagash, una ciudad en la antigua Sumeria, hoy Irak.

Esa sencilla y algo poética frase, grabada en escritura cuneiforme, es más que un vestigio arqueológico. No solo retrata con precisión los problemas que siguen presentes en América Latina y en otras partes del mundo, sino que expone una enseñanza temprana sobre la verdadera función de un gobierno. Digamos que es una definición primitiva del ejercicio del poder.  

Es sorprendente la vigencia de un pensamiento que surgió hace miles de años, en los comienzos de la civilización. Pareciera que el rey Urukagina lo hubiera grabado ayer. Desde entonces, las funciones fundamentales del gobierno no han cambiado. Se trata de garantizar seguridad, aliviar la pobreza y evitar abusos de la autoridad.

Una enseñanza elemental y precisa que contrasta con las maquinarias ideológicas y propagandísticas en que se han convertido muchos gobiernos. 

Lo correcto es que el Estado sea una institución práctica y eficiente, con objetivos claros: proteger a los ciudadanos y crear condiciones para el progreso. Todo ello, sin invadir los espacios de la sociedad ni concentrar poder más allá de lo estrictamente necesario.  

Con frecuencia, sin embargo, quienes llegan al poder parecen olvidar esa lección. Grupos o líderes que prometen cambios terminan apropiándose de las instituciones para difundir creencias personales y visiones excluyentes. Los espacios que deberían ser públicos se convierten en cabinas cerradas, dominadas por discursos mesiánicos que pretenden imponer una supuesta superioridad moral sobre el adversario. 

El problema es que, en ese ímpetu redentor, gobernar deja de ser una tarea orientada a resultados para resolver problemas sociales, y se convierte en una cruzada simbólica y sectaria. La historia demuestra a qué desastres conduce esta confusión de funciones.  

En sus orígenes, el arte de gobernar surgió para proteger y facilitar la vida en comunidad, no como un instrumento de dominación ideológica. Ya sea en las primeras ciudades-estado de Mesopotamia o en los complejos estados modernos, la finalidad del poder ha sido siempre la misma: crear condiciones para el desarrollo. Un buen gobierno es el que resuelve problemas en lugar de crearlos. 

Al final, todo se resume en aquel sueño de Urukagina, en una noche cálida a orillas del río Éufrates: un país sin miedo, sin hambre y sin obstáculos. Lo demás es ideología. 

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