Ni alienígenas ni asesinatos del KGB: Rusia cierra el caso de los excursionistas muertos en los Urales en 1959

9 agosto 2020
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“En este momento estamos sentados cantando canciones. Los chicos tocan la guitarra, Rustik toca ‘Atrapa tu corazón’ con la mandolina. Este es el último lugar de la civilización”. La letra redondeada de Liudmila Dubinina describe en su diario la noche del 27 de enero de 1959. “Parece que esta es la última vez que escuchamos canciones nuevas”, dice en la que sería una de sus premonitorias páginas finales. Cuatro días antes, Dubinina, una joven seria de largas trenzas, y un grupo de otras nueve personas, todos estudiantes o graduados del Instituto Politécnico de los Urales, habían emprendido un viaje para hacer caminatas y esquí de fondo en una zona de los Urales, la cordillera considerada frontera natural entre Europa y Asia. Aspiraban a alcanzar la montaña Jolat Siajl, conocida por los mansi, los pobladores locales, como la Montaña de la Muerte o la Montaña de los Muertos.

Salieron de la ciudad de Sverdlovsk. Tomaron dos trenes, un camión, un autobús y un trineo. En un momento de la excursión, Yuri Yudin, estudiante de Economía, como Dubidina, se sintió enfermo y decidió volver. El resto se repartió sus provisiones y siguió con el viaje, que debía durar tres semanas. Todos eran experimentados montañeros. Sobre todo Ígor Diátlov, de 23 años, que acababa de graduarse en Ingeniería de Radio y dirigía el grupo. Al terminar la caminata debían recibir el certificado de clase III, el nivel más alto en montañismo en ese momento en la Unión Soviética. En la noche del 1 al 2 de febrero montaron su campamento en un paraje todavía a 10 kilómetros del lugar de destino. Nunca volvieron.

Liudmila Dubinina, Rustem Slobodin, Nikolai Thibeaux-Brignolle y Zinaída Kolmogórova.

Diátlov había prometido enviar un mensaje al club deportivo de Sverdlovsk, del que eran miembros, una vez estuvieran en la base. Cuando pasaron los días y las probabilidades de un retraso en los planes de viaje se hacían menos factibles, se decidió enviar una partida de búsqueda. Los rescatistas siguieron los pasos del grupo y hallaron su tienda de campaña. Dentro estaban las pertenencias de los jóvenes, el diario de Dubinina y el de Zinaída Kolmogórova, estudiante de ingeniería de 22 años y la otra chica del grupo, la mandolina de Rustem Slobodin (Rustik), botas bien alineadas, un plato de comida a medio preparar. Pero además, la carpa estaba rajada por dentro, un tajo grande a cuchillo, como si alguien hubiera tenido tanta prisa por salir que no se pudo parar a abrirla, contó después Mikhail Sharavin, que formó parte de la expedición de búsqueda.

A medio kilómetro de la gran tienda de campaña, pendiente abajo, localizaron dos de los cuerpos. Eran Yuri Doroshenko, de 21 años, y Yuri Krivonischenko, de 23. Estaban en ropa interior. Algo más lejos, boca abajo en la nieve y abrazado a una rama de abedul, encontraron el cadáver de Igor Diátlov, vestido pero descalzo. Cerca, la joven Kolmogórova, en una postura que, según el rescatista Sharavin, parecía como hubiera tratado desesperadamente de volver cuesta arriba hacia la tienda. Unos días después, encontraron a Rustik, el de la mandolina, era el mejor vestido de todos. Su reloj se había detenido a las 08.45.

Al resto solo pudieron hallarlos tres meses después. Estaban en un barranco. Aleksandr Kolevátov, un estudiante de física nuclear que había hecho una estancia en un instituto secreto en Moscú, tenía el cuello torcido y una gran herida detrás de la oreja. Nikolai Thibeaux-Brignolle, Kolka, hijo de un comunista francés represaliado por Stalin, tenía el cráneo fracturado. La autopsia de Semión Zolotariov, instructor deportivo de 38 años que había combatido en la II Guerra Mundial, reveló fracturas múltiples en las costillas. Además, tenía una herida abierta en el lado derecho del cráneo. A Liudmila Dubinina le faltaba la lengua. Y, como el veterano Zolotaryov, tenía las cuencas de los ojos vacías. En los cuerpos de los nueve jóvenes se hallaron restos de radiación.

Los excursionistas, el 1 de febrero en la que sería una de sus últimas fotografías.

Lo ocurrido a los excursionistas es hoy uno de los grandes enigmas de la Rusia moderna. Y, conocido como el misterio del Paso de Diátlov, como el joven líder del grupo, es un fenómeno global entre los montañeros, los amantes del enigma y los apasionados de las teorías de la conspiración. La investigación de las autoridades soviéticas duró solo unos meses. En junio de 1959 concluyeron que los excursionistas habían muerto por “una fuerza elemental irresistible” y decidieron prohibir la entrada a la zona del suceso durante tres años. La abstracta explicación no satisfizo a las familias, pero en aquellos años de represión y miedo, explica Tatiana Perminova, hermana pequeña de Igor Diátlov, los ciudadanos tenían poco margen de maniobra.

Yuri Yudin, el único superviviente de la expedición, el joven que volvió a medio camino porque se puso enfermo, siempre dijo que vivía con el trauma. Solía comentar que si tuviera oportunidad de preguntarle algo a Dios sería qué les sucedió a sus amigos. Falleció en 2013 sin saberlo.

El año pasado, 60 años después, cuando, en un gesto insólito, la fiscalía decidió desempolvar los archivos y reabrir el caso, parecía que tal vez habría solución a esa pregunta. La intención, explicó Alexander Kurennoi, portavoz del fiscal general, era acabar de una vez por todas con las leyendas pero también garantizar mayor seguridad en el lugar del suceso, que se ha convertido en un enclave visitado por los montañeros y también por los seguidores del misterio. Sin embargo, Kurennoi ya insinuó que se ceñiría solo a hipótesis relacionadas con el clima extremo, desde una placa de nieve a un tornado. Hace unos días, emitió sus conclusiones y dio carpetazo al asunto: fue una avalancha.

Uno de los archivos del caso del incidente de Diátlov.

La explicación, no obstante, ha vuelto a disgustar a los pocos familiares que quedan, que han enviado una carta de queja a la Fiscalía. Tatiana Perminova, de 74 años y que hoy vive en Pervouralsk, comenta que su familia siempre pensó que los militares estuvieron “involucrados” de alguna manera en la muerte de su hermano Ígor Diátlov, que quería ser cosmonauta, y del resto de los excursionistas. También una buena parte de la legión de expertos reales en el caso y de los entusiastas recelan de la conclusión oficial final. Y la revisión de las teorías, desde las más locas a las factibles, ha vuelto a primera línea.

Hoy, la Sverdlovsk de la que salió en tren nocturno el grupo de jóvenes ha perdido su nombre soviético y se llama de nuevo Yekaterimburgo. Allí, en la sede de la Fundación Regional en Memoria del Grupo Diátlov, su director, Serguéi Fadéyev, rechaza tajante que les matase una avalancha. “Llevamos años analizando los materiales del caso, esa conclusión es ilógica. Están tratando de tapar las irregularidades del caso y de la investigación anterior. Buscan encubrir lo que sucedió en realidad”, reclama Fadéyev, cabello y barba muy poblados, rodeado de libros, documentos y objetos de la época. En las paredes de la sala principal, los retratos de los excursionistas fallecidos.

Gran parte de la leyenda se ha visto alimentada, de hecho, por el secretismo que rodeó el incidente durante décadas. Después de que las autoridades soviéticas enterraran lo ocurrido con aquella conclusión abstracta no se volvió a habar más del tema. Hasta que en 1990, en la época de la apertura de la URSS y a pocos meses de su desintegración, Lev Ivanov, quien había sido el investigador principal del caso, abrió la caja de los truenos. En un comentario en un periódico regional habló por primera vez del tema y reconoció que los resultados de la autopsia le habían sorprendido, que había algunos puntos extraños en lo ocurrido; entre ellos, los informes de que se habían avistado varias “bolas de fuego” en el cielo aquella noche. Ivanov se disculpó en ese texto con los familiares de los excursionistas y aseguró que sus superiores le habían ordenado que clasificara los hallazgos y se olvidara de todo. Comentó que había hecho todo lo posible, pero que en ese momento había una “fuerza abrumadora” en el país.

Aquella publicación alumbró lo que hoy es el misterio del Paso de Diátlov. Y empezaron a brotar las leyendas: desde que los jóvenes fueron atacados por presos fugados o por los mansi, hasta que los asesinaron miembros del KGB (los servicios de inteligencia soviéticos), que fueron víctimas de un experimento militar secreto o que alienígenas segaron sus vidas; también que se mataron entre ellos. Incluso ha habido conjeturas sobre las ondas de choque de un avión en vuelo bajo. La historia ha dado lugar a series, películas —como Devil’s Pass, de 2013— y libros de todo tipo.

La avalancha ha estado entre la favorita de las consideradas “factibles”, pero tampoco convence a Nikolái Varségov, que investiga el caso desde hace años junto a su esposa, la periodista Natalia Ko. Juntos han publicado varios artículos y el libro Por qué se ocultan los secretos de la muerte del grupo Diátlov. “La fiscalía supone que cuando los estudiantes escucharon el ruido de la avalancha, por alguna razón, corrieron en dirección opuesta. Si la escucharon y era de noche debían correr a la derecha y no hacia la izquierda; hacia el pie de la montaña”, comenta Varségov, que incide también en que los montañeros, experimentados, plantaron el campamento en una zona de baja pendiente.

Los archivos del caso solo estuvieron disponibles para consulta a partir de la década de los noventa, una vez se derrumbó la antigua URSS. E incompletos. Por eso, critica Fadéyev, se ha agrandado el misterio. El historiador evita decantarse por una teoría. “Hay testimonios de globos luminosos o aparatos voladores, así que pudo ser un cohete lanzado desde el cosmódromo de Kapustin Yar. Otra opción probable es que estuviese involucrado un avión o un helicóptero. El KGB [los servicios secretos soviéticos] y la fiscalía enterraron la investigación. Y los que llegaron después dejaron crecer teorías sobre yetis o extraterrestres para que se difuminase la realidad. Allí ocurrió algo que podía hacer daño a la URSS y por eso lo ocultaron”, insiste mientras revisa su mochila. Fadéyev y sus compañeros están con los últimos preparativos para su excursión. En unas horas irán, como cada año, a explorar la zona del misterio.

Allí hay hoy un pequeño monumento de granito con los nombres de los excursionistas y la fecha de su muerte. “En memoria de aquellos que se han ido y nunca volverán, hemos nombrado este paso de montaña en su honor: el Paso de Diátlov”.

 

Información de: El País

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