El joven que quería ir a Tokio 2020 y la pandemia se lo complicó todo

28 junio 2020
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Gustavo Estrada vendió su coche, su televisión y todo lo que tenía para ir a los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. Nunca imaginó que un virus confinara su sueño. Porque para este chico del barrio de San Miguel Teotongo, al oriente de la Ciudad de México, asistir al Olimpo del deporte era más que un sueño: era su razón de vida.

A él la mayoría de edad le llegó, como a todos los mexicanos, a los 18 años, pero de una manera distinta: con una sierra moliendo su fémur izquierdo. Horas antes, había sido víctima de un asalto a unos cuantos metros de su casa, cuando regresaba de su trabajo como cargador en la Central de Abastos. Como no llevaba dinero, le dieron un balazo en la pierna. Los policías llegaron minutos después. Le dijeron que solo era un rozón. En algunas zonas de la capital, las cosas se arreglan a tiros sin que nadie levante la ceja.

Curiosamente, Gustavo no recuerda aquella noche con ira. Incluso bromea: “Cuando me amputaron, le dije a mi mamá que no se preocupara, porque a partir de ese día nunca más me iba a levantar con la pierna izquierda. Sabía que nuestra suerte iba a cambiar”.

Y vaya que cambió. Dejó su oficio de mecánico para convertirse en atleta adaptado. Un camino que eligió hace tres años, cuando se calzó por primera vez una prótesis deportiva de alta tecnología, la misma que utilizan los campeones paralímpicos. Eso sucedió en Buenos Aires, en una clínica organizada por Ottobock, el patrocinador oficial del Comité Paralímpico Internacional.

Eduardo Bautista

“(Los técnicos de Ottobock) me vieron mucha hambre y muchas ganas de salir adelante. Yo tomaba mis terapias en el Instituto Nacional de Rehabilitación y un día fueron a preguntarme si quería probar qué se sentía correr con una prótesis”, recuerda. “Al principio lo dudé y me dio miedo porque yo nunca fui mucho de hacer deporte, pero me animé y creo que fue la mejor decisión de mi vida. Cuando corrí por primera vez, sentí que algo me ardía en el estómago, sentí que volaba”.

Desde ese momento, Gustavo se ganó la prótesis y volcó su espíritu en el atletismo, aunque en México ser deportista y discapacitado signifique comenzar un partido con desventaja de 2-0. Nada, sin embargo, lo ha detenido desde aquel silbatazo inicial. Ni su frágil condición económica ni la ausencia paterna. Tampoco la falta de apoyos de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade) ni la hora y media de camino en transporte público de su casa hasta las instalaciones del Centro Nacional de Alto Rendimiento (CNAR).

Las luchas de Gustavo sucedían todos los días hasta que llegó la pandemia de COVID-19. Entonces se interrumpieron los entrenamientos, los acondicionamientos físicos, las dietas estrictas y lo que más le dolió: la suspensión de los torneos clasificatorios para Tokio 2020 en la prueba de los 100 metros. Su plan era viajar al World Para Athletics Grand Prix, que iba a realizarse en Sao Paulo del 23 al 28 de abril. Un certamen al que de por sí ya se le había complicado asistir por asuntos burocráticos en México.

“La verdad es que el coronavirus sí llegó a dificultar muchas cosas, sobre todo porque mi familia se dedica al comercio y a los oficios y pues vamos al día”, dice Estrada.

“Ahorita trato de cumplir con mis entrenamientos y mis dietas lo mejor que puedo. Entreno en mi barrio, con mis amigos o solo, en la mañana y en la noche. La dieta luego sí se complica porque es caro seguirla al pie. Ya pospusieron Tokio 2020, pero yo voy a seguir dando todo para traer una medalla”, platica.

Pese a sus ilusiones de triunfar en las magnas justas, este paratleta de 22 años no está cobijado institucionalmente porque no existe una federación que aglutine a los que practican su deporte. En México, si se tiene discapacidad y se quiere ser velocista con prótesis, no queda más opción que inscribirse a la Federación Mexicana de Deportes Sobre Silla de Ruedas (FEMEDESSIR). Tampoco tiene acceso a una beca porque el requisito para obtenerla es ganar alguna presea en Centroamericanos o Panamericanos.

Según los criterios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Gustavo forma parte de la población vulnerable ante el COVID-19, tanto por su discapacidad física como por su situación económica. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) calcula que en México existen 7.65 millones personas que padecen algún tipo de discapacidad. Muchas de ellas, entre 50 y 70 por ciento, no cuentan con un salario fijo, de acuerdo con entidades como Ottobock y Fundación Paralife.

«Las personas con discapacidad están más expuestas al contagio porque los aparatos que utilizan, ya sean muletas, prótesis o silla de ruedas, son superficies que tienen contacto con el suelo y que tienen un alto grado de portabilidad del virus», dice Graciela Velázquez, fisioterapeuta de Ottobock.

Ante la falta de entrenador e infraestructura adecuada, Gustavo ahora debe entrenar en las calles de San Miguel Teotongo, una de las 47 colonias que integran Iztapalapa, la demarcación con mayor rezago educativo y económico de la Ciudad de México, según datos del Coneval. Los vecinos ya lo ubican como el muchacho que quiere traer una medalla a México. Diario lo ven haciendo barras, corriendo con una llanta amarrada a la cintura o brincando bancas de cemento. Un ejemplo deportivo en medio de la alcaldía que concentra la mayor cantidad de asesinatos en la capital, con dos homicidios dolosos por día, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).

Eduardo Bautista

Para Gustavo, la Jornada de Sana Distancia no fue un sinónimo de #QúedateEnCasa. Dice que las ‘chambas’ de mecánico bajaron drásticamente; los ingresos de su familia también cayeron. Incluso asegura que en su hogar han tenido que racionar la comida en algunas ocasiones. Lo único que recibe es el apoyo que le proporciona Ottobock desde 2017. Así es como ha podido sortear su carrera deportiva. Aunque lo que más le angustia es conservar su condición física hasta que llegue la nueva normalidad y pueda volver a entrenar profesionalmente. No quiere tirar tres años a la basura.

También le preocupa que Iztapalapa tenga más casos de COVID-19 que 118 países. El Gobierno de la Ciudad de México estima que, en esa demarcación, hay 7 mil 526 casos confirmados (según cifras actualizadas al 22 de junio). Un verdadero foco de infección que ha trastocado a barrios enteros. Gustavo teme que San Miguel Teotongo sea uno de ellos.

“Estoy preocupado por mi familia porque acá (en Iztapalapa) la gente no respeta la cuarentena y lo entiendo porque no todos pueden hacerlo, pero sí me preocupa mi mamá y mi abuelita. Muchos no nos podemos quedar 100 por ciento en casa”, comenta.

Y es que la pandemia ha exhibido las grandes desigualdades que existen en México, principalmente en la capital, donde los arbolados barrios de Polanco lucen vacíos, mientras que en las colonias grises de la periferia todo sigue igual.

El segundo informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) advierte que la población más vulnerable en ingresos y marginación social aumentará como consecuencia de la crisis en el mercado laboral. Una situación que elevará en 4.4 puntos la tasa de pobreza promedio de Latinoamérica, lo cual quiere decir que, para finales de 2020, habrá 28.7 millones de nuevos pobres en la región.

Pero Gustado Estrada no claudica de su sueño. Y mientras el virus consume vidas y empleos, él se convence cada día más de que el deporte es la guerra por otros medios, y él está decidido a ganarla

Información de. el Financiero

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