Liechtenstein, el paraíso de los desconocidos y millonarios príncipes absolutos

3 mayo 2020
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Hay un lugar en Europa donde los príncipes viven en suntuosos castillos, nombran a dedo a los jueces, otorgan indultos a los presos, vetan las leyes del Parlamento o dirigen lucrativos bancos. Se llama Liechtenstein. Tiene 38.000 habitantes. Y, para muchos, es la versión europea de la monarquía saudí o una rémora de estilo medieval extrañamente viva en pleno siglo XXI.

Enclavado en un paradisíaco valle entre el río Rin y las montañas alpinas, sin aeropuerto pero a tiro de piedra de Suiza y Austria, el país, miembro de Naciones Unidas desde 1990, está dirigido por una atípica monarquía constitucional. Su poder de intervención en los asuntos domésticos no tiene parangón en el resto del continente. Y su fortuna, estimada en unos 4.000 millones de euros, cuadruplica la de sus homólogos de Mónaco, que suelen llegar bien a fin de mes. Solo la familia real luxemburguesa tiene un patrimonio privado similar.

A la cabeza de ese acaudalado pero casi desconocido clan está el príncipe Hans-Adam II. Nacido un día de San Valentín de 1945, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, el jefe del Estado creció en el castillo de Vaduz antes de ser enviado a los 11 años al Colegio Escocés de Viena, un prestigioso centro por el que han pasado políticos, artistas y premios Nobel. Seguía así los pasos de su padre, el príncipe Franz-Josef II, también educado entre sus aulas, situadas a siete horas en coche del microestado en el que luego reinarían.

Al alemán, su lengua nativa, el príncipe uniría el francés y el inglés. Su formación la completaría con una licenciatura en Negocios y Economía en la elitista universidad suiza de St. Gallen, y con un breve paso como becario en un banco de Londres, capital financiera de Europa. Ese detalle no es marginal: la familia es propietaria del LGT Group, la mayor entidad de banca privada del país con 3.400 empleados y oficinas en Asia, Oriente Medio, Australia o Estados Unidos. Su consejero delegado es el príncipe Max von und zu Liechtenstein, el segundo de los vástagos del cabeza de familia.

Para el mayor, Alois, de 52 años, también educado entre Austria y Londres, los planes hace tiempo que están trazados. Padre de cuatro hijos junto a su esposa, Sofía de Baviera, es el príncipe heredero, y desde 2004 ha asumido numerosas tareas con vistas a facilitar la sucesión, entre ellas la representación diplomática del país en el exterior. Hans-Adam II tiene un tercer hijo, Constantin, y una hija, Tatiana, la menor de la familia, que en 1995 copó portadas de revistas españolas por su supuesta cercanía al entonces príncipe Felipe. Todos ellos son fruto de su matrimonio con la aristócrata checa Marie-Aglaé, cuarta de los siete hijos de un conde.

Castillo de Vaduz, en la capital de Liechtenstein.STEPHANE CARDINALE – CORBIS / SYGMA VIA GETTY IMAGES

Pero lo cierto es que nunca hubo prueba alguna de un romance entre Felipe y Tatiana. En 1997, ella empezó a salir con un joven también llamado Felipe, el barón Philipp von Lattrof. Se casaron el 5 de junio de 1999 en la catedral de San Florián de Vaduz y son padres de siete hijos.

El arte es una de las inversiones preferentes del príncipe. La familia cuenta con una vasta colección de 1.600 piezas que ha ido creciendo con los siglos, en la que destacan obras de Hals, Raphael, Rembrandt y Van Dyck, Pero al contrario que su padre, que se desprendió de numerosas pinturas tras la guerra, el apetito de Hans-Adam II no ha sido saciado: se calcula que gasta unos 15 millones de euros anuales en nuevas adquisiciones.

Las saneadas cuentas de la monarquía no han evitado que lloren su particular paraíso perdido. Los tribunales checos les negaron hace dos meses su derecho a recuperar las tierras que les fueron expropiadas en la República Checa tras la Segunda Guerra Mundial.

Con una renta per cápita de alrededor de 130.000 euros, cinco veces superior a la de España, el dinero es algo parecido al oxígeno en Liechtenstein. El franco suizo, moneda del país, lo inunda todo. Los bancos y las fundaciones son a Liechtenstein lo que el petróleo a Arabia Saudí. Sus críticos recuerdan que es el refugio perfecto para las empresas y particulares que quieren pagar menos impuestos. Un paraíso fiscal en toda regla. Pero sus líderes presumen de mantener uno de los escasos estados del mundo sin deuda pública. Y la Casa Real es la punta de lanza de esa filosofía basada en una máxima: ser más ricos que ayer pero menos que mañana.

El miedo a perder esa bonanza puede estar detrás del amplio respaldo popular a los monarcas, pese a que fuera de sus fronteras sorprende el carácter absolutista de su poder. Los tímidos intentos de apertura han culminado todos en fracaso. En 2012, una plataforma reunió las más de 1.500 firmas necesarias para celebrar un referéndum en el que se votara la legalización del aborto en las primeras 12 semanas de gestación. El príncipe Alois, ferviente católico, reaccionó advirtiendo que vetaría la ley de salir adelante. No hizo falta: el 52% lo rechazó.

La misma organización contraatacó entonces poniendo en duda la legitimidad del soberano para vetar las leyes del Parlamento. Y logró organizar otra consulta para tratar de despojarle de esa prerrogativa. Alois lanzó su órdago a todo o nada: si le quitaban los poderes especiales abandonaría el trono. Una abrumadora mayoría del 76% de los ciudadanos apoyó al príncipe. La monarquía había ganado.

 

Información de: El País

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