Millones de personas esperan lo más crudo de la epidemia hacinadas en asentamientos precarios en México

24 marzo 2020
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En la carpa de Jorge Martínez, de 78 años, la radio suena de mañana a noche. La programación intercala canciones de Luis Miguel con medidas preventivas para evitar el contagio por coronavirus. “No se habla de otra cosa”, explica mientras cuelga el celular. Martínez vive en un asentamiento improvisado junto a varios de sus vecinos, porque el edificio en el que habitaba en la colonia Narvarte ––localizada en la zona central de Ciudad de México–– está totalmente derruido desde el último sismo de 2017 y desde entonces no tiene un hogar. Esta chabola de carpas forma parte de los más de 900 asentamientos precarios de la capital, con poco o nulo acceso a servicios básicos, alcantarillas o baños decentes. Son estos lugares los más vulnerables de cara a la pandemia de covid-19.

A Jorge lo llevan monitoreando varias semanas desde la capitalina clínica Del Valle, ya que a principios de marzo fue a una revisión de próstata y coincidió con una persona que dio positivo en coronavirus. “Hoy (por el pasado martes) vengo de la clínica y llevaban dos días desinfectándola. Me han dado cinco cubrebocas y me han dicho que con cualquier síntoma acuda al hospital. Mientras más grande seas, más te pega el virus”, cuenta a este periódico con una sonrisa que saca a relucir su poco cuidado dental. “Todo está parado con eso del virus. A nosotros ya no nos queda ni gel”, explica mientras saca un bote semivacío. “Pero allí tenemos una manguera con agua, que es suficiente”, asegura Gustavo Quiroz, de 84 años, mientras lee tranquilo una revista. “Si nos tuviéramos que aislar pues tendríamos que hacerlo. Yo sé que soy persona de riesgo, pero intento seguir todas las indicaciones de la radio para que no me pase nada”.

En el México de esta crisis que ha puesto en jaque a medio mundo, centenares de miles de personas viven en asentamientos sin las condiciones de salubridad básica. Mientras la OMS recomienda que una persona contagiada de coronavirus debe ser aislada en una habitación solo para ella y a ser posible con baño propio, eso en México es casi imposible. En este país, la decimotercera economía mundial, 34 millones de personas residen en viviendas con hacinamiento, es decir que más de dos personas comparten una habitación, o en casas con materiales deficientes como lámina de zinc, cartón o palma, según un diagnóstico elaborado por el Centro de Investigación y Documentación de la Casa y la Sociedad Hipotecaria Federal. Mientras, una encuesta del instituto nacional de estadísticas, el Inegi, muestra que en México 791.233 familias no cuentan con un sanitario. Por esa falta de salubridad, los asentamientos urbanos pueden ser un foco de contagio.

Luis Mora, epidemiólogo de la UNAM, asegura que quienes viven en asentamientos deben ser atendidos de inmediato, reubicados y fumigar todos esos espacios. “Ignoro si se tiene la capacidad”, admite. Este catédratico afirma que una de las debilidades de México es que no tiene un sistema de salud robusto. “Frente a una epidemia tan agresiva como la que hemos visto en China o Europa no tenemos suficientes equipos de respiración artificial para atender a la población con problemas graves de salud. Tampoco hay camas suficientes”, advierte. Pone por ejemplo la zona metropolitana de ciudad de México, con 20 millones de habitantes. Si solo el 5% de esa población se contagia de forma grave, dice, esto representa un total de 400.000 personas, lo que para él es prácticamente inmanejable. “No hay sistema de salud que aguante un colapso de este tipo”.

En la calle Milán de la turística colonia Juárez las cafeterías de moda, restaurantes hípsters y tiendas de fruta orgánica están prácticamente en cada esquina. Un museo y una academia de idiomas se sitúan a apenas a unos metros de una decena de carpas donde vive la gente a la intemperie desde el sismo de 2017. Dos jóvenes con cubrebocas están parados desinfectándose las manos con gel y una pareja de americanos con gafas de marca y vaqueros ajustados cruzan para ir a un supermercado. En el campamento improvisado alberga a decenas de familias que preparan la comida mientras varios niños corretean y juegan con sus triciclos. Jóvenes que comen una papaya transmiten su reticencia a hablar con cualquier periodista, aunque comentan sus opiniones ante la nueva pandemia que asola el planeta.

“Nosotros nos enteramos del virus por el celular, pero al que le toca es el que tiene miedo. Nosotros somos gente de pueblo ¡A poco no!”, afirma uno de los jóvenes entre gritos y risas con sus demás compañeros. Asegura que nadie ha venido a avisarles sobre la importancia de la higiene para evitar contagios por el coronavirus. “Si llevan sin preocuparse por nosotros desde 2017, ¿de verdad alguien cree que se van a preocupar ahora?”, comenta. “Si la cosa se pusiera fea y se metiera la gente en su casa, nosotros por supuesto que seguiríamos aquí. ¡Si no tenemos adónde ir!, ya solo la palabra de Dios dirá como termina esto”.

Elizabeth Mansilla, consultora independiente en reducción de riesgo por desastres, comparte esta visión sobre el olvido de las autoridades a gente vulnerable. Dice que el Gobierno debería movilizar a quienes habitan asentamientos ilegales, crear albergues para ellos, garantizarles acceso a los servicios de salud. “Eso debería hacerse en un país que considera una emergencia por los altos riesgos de contagios, pero si no interesa declarar esa emergencia, mucho menos les interesa esta gente que no tiene ni agua potable ni condiciones adecuadas de drenaje. Son los grupos que resultan más afectados, porque van a ser los primeros en enfermarse por mala alimentación y bajas defensas. Son un foco de infección para seguir contagiando a otras personas”, explica.

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