Sheela, la polémica cerebro de una inconcebible secta

11 mayo 2018
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 En 1981 un pequeño pueblo de Oregón de tan solo 40 habitantes, jubilados en su mayoría, fue “tomado” por un puñado de hombres y mujeres vestidos de rojo. Provenían de la India y habían comprado, por orden de la secretaria del gurú al que seguían, un tipo de mirada perdida y barba abundante que se hacía llamar Bhagwan luego conocido como Osho (de quien quizá hayan visto sus libros súperventas de autoayuda en un aeropuerto), un rancho de 25.000 héctareas en el que planeaban construir una ciudad. La construyeron. Hicieron realidad su Shangri-la. Pero uno no puede escapar del mundo por el mero hecho de querer hacerlo. Y cuando se sintieron amenazados por los lugareños, empezaron a comprar propiedades en el pueblo. Se presentaron a las elecciones. Ganaron. El pueblo pasó a llamarse Rajneeshpuram. Lo siguiente fue intentar conquistar el condado. Ataques bioterroristas e intentos de asesinato mediante.

Wild Wild Country, la serie documental de Netflix de los hermanos Way que cuenta la historia de los rajneeshees, el auge, cisma y fin de la secta que perpetró el mayor ataque bioterrorista de la historia en Estados Unidos —una salmonelosis que infectó a 750 personas: una ciudad entera—, ha devuelto a Bhagwan, y, sobre todo, a su secretaria, la ambiciosa Ma Anand Sheela, despiadado cerebro y mano ejecutora de todo el asunto, la atención perdida. “No me arrepiento de nada. ¿Por qué iba a arrepentirme? Si no hubiera creado todo eso, estaría en una cocina y sin atreverme a pensar por mí misma”. La que habla es la propia Sheela, que, convertida en una controvertida celebridad que fascina a quien ve la serie, ha dejado unos días su retiro en Zúrich, que en realidad no es tal —“sigo viviendo en una comuna, sólo que ahora es de discapacitados a los que ayudo”, dice: posee tres residencias—, para asistir al festival literario Primera Persona, que, con sedes en Madrid y Barcelona, propone un espectáculo en torno a la palabra y el testimonio.

Como buena estratega, alguien capaz de planear la adopción de vagabundos con el fin de convertirlos en ciudadanos del condado que pretendían conquistar para, una vez usados, abandonarlos en la ciudad más cercana, Sheela dirige cada pregunta hacia la respuesta que le interesa dar. Así, cuando se le pregunta de dónde salía el dinero —construyeron un aeropuerto, compraron aviones; levantaron carreteras, por las que circulaban los 17 Rolls Royce del gurú; crearon su propia policía, compraron armas para todos—, dice que, simplemente, eran “buenos para los negocios”. “Teníamos cafeterías, discotecas, y organizábamos un festival muy exitoso cada verano”.

¿Y qué opina de haberse convertido hoy en un icono feminista? Después de todo, fue increíblemente poderosa, e hizo lo que quiso, aunque lo hizo, en teoría, por un hombre. “No veo a Bhagwan como un hombre. Para mí era el dueño de mi corazón. Nunca competimos. Es algo que aprendí de mis padres. Hombres y mujeres estamos aquí para ayudarnos”.

Tampoco hace una sola referencia a su pasado. A cómo fue su vida antes de los 16, edad a la que conoció a Bhagwan, y en la que se enamoró “perdidamente” de él. ¿Tiene alguna cuenta pendiente con la justicia? Fue condenada a 20 años, por un intento de asesinato, asalto de primer y segundo grado de funcionarios públicos, fraude de inmigración, escuchas telefónicas y el ataque bioterrorista de 1984. “Pasé 29 meses en la cárcel. Y no los viví como un castigo, sino como un aprendizaje. Aprendí a ser paciente, algo que me ha servido para lo que hago ahora. Estoy limpia”. ¿Y qué hay de su don para la estrategia? “No me considero una estratega. Todo lo aprendí de Bhagwan. Entendía la psicología humana al 100%. Quiso crear una comunidad capaz de vivir en armonía. Sólo ejecutaba sus órdenes. Y si lo hice bien fue porque soy como mi madre, capaz de cocinar para 20 en cualquier momento”, contesta. Parece una jubilada encantadora. Si la hubieran dejado, ¿habría llevado a uno de los suyos hasta la Casa Blanca? “Nunca pretendimos hacer carrera política, si nos metimos en política fue porque querían destruirnos”. La Sheela de hace tres décadas hubiera añadido un: “Y seremos nosotros los que acabaremos con ellos”. La de hoy, sonríe.

Información de: el País

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