Contaba con diez años cuando se verificó en México el Mundial de futbol en 1986.
En aquel entonces practicábamos ese deporte con regularidad así que, para la mayoría de mis compañeros, fue un gran acontecimiento.
Se podrán imaginar el tamaño de mi emoción cuando me enteré de que dos de las selecciones convocadas que jugarían en Monterrey, la inglesa y la portuguesa, se hospedarían en Saltillo.
Una de ellas, la primera, lo haría en el desaparecido hotel Camino Real ubicado relativamente cerca de mi casa.
A mi hermano y a mí se nos hizo fácil tomar el balón con el que entrenábamos, subirnos a nuestras bicicletas y recorrer el par de kilómetros que nos separaban de la sede de la selección de Inglaterra.
Quizá fue la suerte o unas medidas de seguridad mucho más relajadas que las actuales, pero logramos ingresar al restaurante cuando los ingleses estaban comiendo.
A los jugadores les hizo gracia la audacia de los dos pequeños que hasta ahí habían llegado, así que, de buena gana nos firmaron la pelota.
Mi equipo favorito era, por supuesto, el mexicano. Pero al quedar eliminado, ese lugar lo ocupó, claro está, la selección inglesa.
Yo quería que ganaran esos futbolistas que habían sido tan amables y accesibles conmigo y con mi hermano.
Todavía recuerdo la rabia que sentí cuando le dieron por bueno a Maradona ese gol infame que metió deliberadamente con la mano.
Fue “la mano de Dios”, dijo cínicamente al terminar el encuentro. Ese gol fue decisivo para que la selección albiceleste se alzara con la victoria en el partido y después en el torneo.
Y mi indignación no era tanto porque mi equipo favorito hubiera perdido, sino por la forma artera en que el adversario lo había derrotado.
La culpa no era tanto del arbitraje, sino del jugador que hizo la trampa y dejó que se marcara el gol, así como de los aficionados argentinos que lo celebraron a lo grande, no a pesar del engaño, sino por el engaño en sí.
Desde entonces me he preguntado si vale la pena el triunfo a cualquier precio, si el fin justifica los medios. Y la respuesta que encuentro, que es la misma que aprendí en casa, es que no.
Los éxitos mal habidos saben amargos, envenenan el alma y, a la larga, se convierten en fracasos.
A través de mi vida he aprendido que, si actuamos con rectitud, la mano de Dios, en el buen sentido, guía nuestros pasos y, tarde o temprano, nos ayudará a ganar el partido.


