500.000 lingotes de oro escondidos bajo el metro de Manhattan

20 mayo 2018
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 El subsuelo de Manhattan esconde grandes sorpresas. Tan grandes como la mayor reserva de oro del mundo, justo a dos calles de Wall Street. Son más de medio millón de lingotes que se apilan en columnas de tres metros de altura en el sótano del edificio de la Reserva Federal de Nueva York, la institución que ejecuta las operaciones de política monetaria. Pero ese oro no es todo suyo, pertenece en gran parte a instituciones como el Fondo Monetario Internacional.

“La gente cree que todo el oro está en Fort Knox”, comenta la persona que hace de guía mientras se desciende el equivalente cinco pisos, “pero aquí tenemos una cuarta parte de las reservas del mundo”. La gigantesca caja fuerte está 25 metros por debajo de Liberty Street ó a 15 si se toma como referencia el nivel del mar. “Dependiendo del día”, calcula mientras suelta algunos datos, “es un valor próximo a los 250.000 millones de dólares. A medio millón por barra”.

Todo ese oro concentrado corresponde a una quinta parte de la economía española y supera las ventas globales que realiza Apple en un año. La primera puerta que se cruza al salir del ascensor podría ser la de cualquier casa. En ese momento las manos deben estar visibles. Se pueden tomar notas, pero no hacer dibujos en el cuaderno. “No puedo controlar tu destino si lo haces”, advierte la funcionaria mientras se avanza por un pasillo.

La entrada a la caja fuerte se ve al fondo. Es cilíndrica y funciona como una puerta rotatoria. El marco es una combinación de acero y hormigón de 140 toneladas, de tres metros de espesor. El cilindro central pesa 90 toneladas. A cada lado hay dos grandes volantes. Uno hace rotar el cilindro para alinear el hueco con el marco. El otro lo deja caer unos milímetros para que el cierre sea hermético. “Puedes sobrevivir 72 horas máximo”, indica, “pero nunca lo hemos probado”.

“Todo es mecánico”, explica, “tal y como se diseñó en 1920”. Para poder operar la caja fuerte y acceder al área donde están los lingotes se necesitan tres equipos de seguridad. Uno por cada una de las dos combinaciones y un tercero que tiene la llave de un pequeño candado. “Hace gracia al verlo”, admite, “pero es tan importante como los que tienen las claves”. En el centro del espacio hay una báscula tan grande, que en cada plato entraría de pie una persona.

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Lingotes amontonados en una de las celdas de la caja fuerte de la Reserva Federal de Nueva York FOTOGRAFÍA CEDIDA POR LA RESERVA FEDERAL DE NUEVA YORK

Goldfinger, el villano de 007, se habría vuelto loco con tanto brillo. “Solo hubo un intento de robo”, comenta bromeando la funcionaria, “en la tercera entrega de Die Hard”. En ese momento se escucha un estruendo. “Es el metro”, señala, “parece que pasa cerca ¿verdad?”. El guardián que custodia la entrada en el tercer sótano explica que la roca transmite muy bien las vibraciones, “si alguien tratara de construir un túnel desde ahí nos enteraríamos un mes antes de que pudiera llegar”.

La línea de metro 2 y 3 transcurre al lado, unos 10 metros por encima del nivel de la caja fuerte. El techo, de acero, tiene un espesor de dos metros y medio. Los lingotes de verdad se apilan hasta que no queda hueco. Lo normal es que se esparzan, porque por el peso puede acabar hundiendo el suelo. Pero el lecho de granito sobre el que se alzan los rascacielos en Manhattan permite aprovechar el espacio al máximo.

El peso total de los lingotes es de 6.200 toneladas. Cada barra es única y tiene su propio registro, porque no son idénticas en su composición. Pesan unos 12 kilos pero por su densidad la sensación es el doble. La Fed no acepta un grado de pureza inferior al 99,5%. El reposatorio está dividido en 118 celdas, de las que cuelgan etiquetas amarillas con números. “Son las referencias de las cuentas”, explica, mientras señala muecas en el suelo de algunos que cayeron.

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Lingotes de oro en la Reserva Federal de Nueva York FOTOGRAFÍA CEDIDA POR LA RESERVA FEDERAL DE NUEVA YORK

El primer lingote, cuenta el guardián, data de 1914. Es el año que coincide con el nacimiento de la Reserva Federal. Su primer presidente fue el Benjamin Strong. La obra del edificio arrancó en 1921. Llevó dos años escarbar el hueco en el que se iba a encajar la caja fuerte. La mayor parte del oro llegó coincidiendo con la Segunda Guerra Mundial. El espacio se fue llenando hasta que alcanzó el máximo en los años 1960, hasta el punto que se tuvo que instalar una caja fuerte auxiliar.

“El último llegó el año pasado”, señala, antes de que Janet Yellen cediera a final de enero las riendas del banco central a Jerome Powell. La idea de que haya tanto oro concentrado en un único lugar es parafacilitar las transferencias entre los países, “pasándolos de un compartimente u otro”. El coste de la transferencia de cada lingote es de 1,75 dólares. “La Fed funciona como una institución privada pero no tiene ánimo de lucro”, explica, “solo gana dinero para cumplir su misión”.

Visto desde el exterior, el edificio de la Fed de Nueva York parece una fortaleza medieval. Las rejas que protegen sus ventanas son enormes. Pero pese a las medidas de seguridad que se necesitan para proteger su desconocido tesoro, organiza visitas para educar al público sobre su función en la economía y la sociedad. Se pueden hacer reservas a través de su portal electrónico pero hay que tener suerte para encontrar un hueco disponible.

La funcionaria de la Fed reconoce que hay multitud de teorías circulando sobre los lingotes que conserva en su caja fuerte, algunas conspiratorias como la manipulación de los precios en el mercado. Pero insiste en que no puede utilizarlas para realizar operaciones ni préstamos. Tampoco comenta sobre las cuentas de sus clientes, por acuerdos estrictos de confidencialidad. Además del oro en Manhattan y Fort Knox, hay reservas en Denver y West Point.

Información de: El País

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